ABRIRSE SIN MIEDO
La
mente es mi instrumento de conocimiento, pero no conocerá la verdad, lo esencial,
por un proceso cualquiera, por una disciplina, por un cambio o por añadir o quitar algo.
Todo
lo que ese instrumento puede hacer es estar tranquilo, sin siquiera la intención de recibir la verdad.
Esto
es extremadamente difícil, porque creo siempre que puedo tener la experiencia
de lo real haciendo ciertas cosas.
Mientras
que lo
único que importa es que mi mente esté libre, sin límites, sin barreras, sin
condicionamiento; en un estado de vigilancia extrema, sin exigir, sin esperar,
viviendo el instante mismo.
Esa
vigilancia es su actividad propia, su poder.
Nosotros
la llamamos atención.
Debería
decir
que yo me vuelvo pura atención.
Entonces,
la verdad podrá serme revelada.
¿Cómo
comprendemos la enseñanza de Gurdjieff?
Nuestra
existencia depende de un cierto estado de ser en el que vivimos.
En
ese estado de nuestro ser toda nuestra vida está condicionada, es dirigida por
ciertas influencias.
Toma
una cierta forma en la que somos prisioneros; una forma de pensar, de sentir y de actuar que la mantienen sometida a
esas influencias.
Lo
que sucede en mí está determinado.
Si
uno se da cuenta de la limitación de su estado, siente la necesidad de un
cambio.
Uno
se enfrenta a la pregunta que constituye el primer trabajo, la primera búsqueda interior
verdadera: ¿es posible un cambio?
Esa
primera visión de lo verdadero y de lo falso es testimonio de un cambio de la
conciencia.
La
posibilidad de un esfuerzo consciente aparece con la observación de sí.
Ella
llama a una nueva actitud hacia mí mismo y requiere una relación entre mis
diferentes centros; es una forma interior nueva.
Uno
no puede observarse sin recordarse de sí mismo.
En
un estado puedo observar, en otro no puedo.
Si
tengo la sinceridad de aceptar no saber, puedo observarme, pero lo que me lo impide es la mentira de
decir «yo».
Si
me miro con una idea de mí mismo, pongo la confianza en mis funciones, que crean una especie de centro
que llamo «yo»,
alrededor del cual giran mis pensamientos y mis emociones.
Esto
me impide ampliar la conciencia de la totalidad de mi ser.
Lo
que puede cambiar en mí es la conciencia de mí mismo, y la observación de sí
sólo da resultado cuando está ligada a la meta de la conciencia de sí.
Necesito
verme vivir.
Esto
exige una cierta libertad en la que otros elementos desconocidos de mi ser son experimentados como más
reales.
Se
trata de la búsqueda de un nuevo orden, un nuevo estado de Ser, en el cual
el cuerpo y sus atributos, mis funciones, están sometidos a una fuerza superior
que los anima.
Hay
entonces la lucha del «si» y del «no» y la aparición de la voluntad.
Esto
podía producir un segundo cuerpo, es decir, un cuerpo interior que dará una nueva forma a mi vida.
A
veces mi trabajo marcha mejor, a veces menos bien.
No
comprendemos lo que sucede en nosotros.
Queremos
que suceda algo y creemos que eso se deberá a nuestros esfuerzos.
Creemos
que tenemos que forzar un pasaje hacia el ser.
Pero
es todo lo contrario.
El
ser trabaja siempre en nosotros, tratando de romper la dura coraza del yo y de entrar en la luz de la conciencia.
Asimismo,
la fuerza de impulso primordial de la voluntad humana está animada por la
tendencia del ser hacia la luz.
De
suerte
que nuestros esfuerzos no producen la experiencia del ser, sino solamente preparan el
camino para tenerla.
La
experiencia no se me debe, no es el producto de un hacer, sino una revelación de lo que es.
Si
repetimos incesantemente nuestros esfuerzos, y es necesario que sean repetidos, es para
aprender a dejar que emerja la realidad del Ser.
Queremos
intentar abrirnos sin miedo, no abrirnos una o dos veces, sino de una manera
constante, hasta tomar conciencia de ese poder del ego que nos separa de la vida.
Emprendemos
esa aventura de abrirnos para conocer todos los signos por los cuales el Ser se hace sentir.
Aprendemos
a mirarnos no como la medida de todas las cosas ni como el amo de nuestra vida.
Lo
aprendemos al sentirnos participar de un gran Todo.
jeanne de salzmann
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