LA SINCERIDAD
Conocerme
no es una idea, una esperanza o un deber. Es un sentimiento irresistible y
no sé de antemano hacia donde me lleva.
Quiero encontrar algo que sea
verdaderamente yo.
Mi
pensamiento se abre a una interrogación.
De
pasivo, se vuelve activo.
Veo
que mi pensamiento
está lleno de sí mismo y que sólo ve su propia ocupación.
Verlo
me libera de él, libera la energía.
Puedo
ver y siento el querer ser.
Necesito
una sinceridad sin compromiso para acercarme al umbral de una realidad
desconocida.
Todo
lo que conozco lo conozco a través de mi pensamiento, a través del condicionamiento de mi pensamiento.
Para
conocer mi verdadera naturaleza, debo ir más allá de la actividad de mi mente ordinaria.
Esto
no quiere decir negarla o querer cambiarla u oponerme a ella.
Esto
quiere decir, primero: comprender su funcionamiento y ver cómo me condiciona.
Una
cierta paz, una cierta claridad, vendrá entonces de esa aceptacion.
Esta
actitud es mi primer contacto con lo desconocido.
Mi
propia mente se vuelve entonces parte de lo desconocido y su manera de aportar sus recuerdos y sus
conocimientos, que constituyen todo su trabajo, se me muestran
bajo otra luz.
Soy
yo quien
se perdió en ella.
Buscando
una seguridad, me entregue a ella.
Busco
lo que soy y necesito ver ese condicionamiento en el que estoy a cada instante.
Me
amenaza porque soy engañado por él.
Llego
a un momento donde veo que no sé, es decir, que me vacío de todo el contenido de
mi memoria.
No
se lo que soy más allá de mi conciencia habitual y no hay nada en mí que me permita saberlo.
Mientras
no haya vivido ese hecho, la experiencia que puedo tener de mí mismo será siempre
bastante superficial.
Mi
sensación pertenece a ese estado en el que lo conocido se interpone y no me deja
penetrar en las capas más profundas, desconocidas, de mí mismo.
Una
relación entre los tres centros no se establecerá por la fuerza, sino por la
comprensión inmediata, en el mismo instante, de esa falta y de la limitación que
ello implica.
Es
posible volverse más consciente de la sensación y, mediante un soltar, tener la impresión, la
sensación, de
la energía que hay en mí.
Pero
veo que mi pensamiento no se fusiona realmente con mi sensación.
Por
el contrario, la sensación se desprende completamente de él.
Se
produce como una contradicción entre estos dos cerebros y mientras más trato, más aumenta la contradicción.
Siento
la falta de algo esencial, algo íntimo, que revelaría una nueva comprensión.
¿Cómo,
evaluar esa condición en la que me encuentro?
¿Cómo
evaluarla hasta el límite?
El
sentido de la sinceridad aparece en la pregunta misma, en el problema mismo.
El
momento
en que la pregunta, el problema, se plantea, es un llamado hacia el sentimiento, que aparece
entonces bajo el aspecto de la sinceridad.
Lo
que aquí se pide es una sinceridad sin concesiones.
Sin
la sinceridad
no sabré.
Y
mientras más encaro el hecho real, lo que está frente a mi vista, más se
purifica mi emoción.
Yo
soy sincero.
Finalmente
mi
emoción se fusiona con el pensamiento y la sensación y me siento diferente,
unido.
Hay
una transformación de mi estado que sobrepasa el estado de mi yo ordinario.
Abdico
a mi voluntad para corresponder a la voluntad del vacío.
En
esa pasividad voluntaria, vivo mi transformación.
Paso
de una densidad a otra.
Es
ese deseo de una sinceridad sin concesiones el que me vuelve sensible, el que me hace
escucharme y me lleva hasta el umbral donde pasaré de mi consciente ordinario a un consciente más
amplio.
Es
en ese momento de prueba para mi sinceridad, para mi sentimiento, que el sentimiento de
mí es puesto en pregunta.
¿Alrededor
de qué gira?
Tengo
un deseo de dejar la zona de mis pensamientos y de mis emociones para estar más
atento a lo que me parece presentir como verdadero, más allá de ellos.
Cuando
me acerco a ese umbral de una realidad desconocida, observo los impulsos: los pensamientos, los deseos, que me harán
actuar.
Es
una actitud nueva, una manera nueva, que se forma allí.
Pero
es algo que no está asegurado.
Sólo
lo encuentro
en el momento preciso en el que un deseo de sinceridad me quema.
jeanne de salzmann
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