LA RADIACIÓN DE
UNA PRESENCIA
Mi
ser tiene su fuente en alguna parte, una fuente siempre viviente, una fuente de vida.
Tengo
la costumbre de pensar en el cuerpo de una manera y en la energía de otra.
Pero
nada existe separadamente.
Hay
una
unidad de vida.
Soy,
a la vez, el que crea y lo que es creado, sin poder dividirlo.
Con
mi ayuda, puede crearse en mí como un nuevo cuerpo por el cual la fuerza de vida única que está en mí
podría hacer sentir su acción.
Siempre
cometo el error de querer forzar un paso hacia el ser, como si pudiese obligar
al ser a mostrarse, cuando en realidad sucede lo contrario.
El
ser se esfuerza constantemente hacia la luz de la conciencia.
Necesita
de un pasaje que le permita irradiar.
Pero
en su camino encuentra la dura corteza del ego y es bloqueado por ella.
Para
que
el ser pueda actuar, hace falta que delante de él se haga el vacío.
La
vibración animadora, su poder de vida, sólo puede ser experimentada en el
vacío.
El
vacío, esto es, la ausencia de tensiones, la ausencia de movimientos
desordenados de mi ego, que quiere, cueste lo que cueste, probar su
identidad, afirmar su autoridad.
Cada
tensión es el testimonio de mi ego.
En
cada tensión está comprometido el todo.
Ahora
comprendo mejor que la sensación consciente es la primera señal de obediencia a
algo mayor, el primer paso hacia un sentimiento verdadero.
Comprendo
también que, una vez que mi sensación me ayuda a entrever la posibilidad de una percepción directa,
mi pequeño yo
tiránico se somete y ya no domina.
Siento
otra fuerza, no un poder que tengo, sino un poder del cual soy parte.
En
ese momento aparece en mí una energía irresistible, siempre que sea obedecida,
que viene de una corriente emocional superior, una energía a
la que todas las tradiciones dan el
nombre de amor, una fuerza cósmica que nos atraviesa.
Necesito
estar vacío, vacío de toda pretensión de saber; entonces mi sentimiento se depura,
ya no oscila y es capaz de sopesar los contrarios, es decir, de conocer.
Si
siento como una necesidad, como un deseo, el poder del ser sobre mí, me siento en capacidad
de comunicar ese sentimiento a todos mis centros, para que se integren en un todo.
Es
como si se crease una atmósfera, una película sensible, un filtro, capaz de captar lo que,
sin ella, permanece incomunicable, y dejar que se transparenten los elementos más sutiles.
Esa
atmósfera no es una muralla: la muralla de mi ego cae.
Es
como un filtro consciente de su misión.
Todo
depende de lo fino que sea el filtro, cuya calidad y solidez pueden convertirse
en el objeto de mi búsqueda.
Esa
atmosfera es necesaria para la acción de mí ser.
Es
como la creación
de un circuito nuevo de otra intensidad.
En
ese circuito puede aparecer a la conciencia una corriente emocional más pura, un sentimiento por lo verdadero,
lo real.
Puede
entonces electrificar el todo, pero no aparecerá sin esa unidad de atención en todos mis centros.
Siento
la necesidad de esa unidad para conocerme.
Salgo
del círculo de mi yo habitual, dejando que se disuelva mi corteza, para que la vida
se expanda en mí y para absorber las radiaciones de mi yo profundo.
No
hay un cuerpo independiente y una Presencia que le es extraña. Hay una sola y misma cosa, la
radiación de una Presencia sutil y, para experimentarla, necesito un contacto renovado constantemente con
la fuente misma de vida de donde vengo.
Otro
Yo aparece, se muestra a través de mi carne: esta Presencia hecha de otra
sustancia.
jeanne de salzmann
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