CONOCERME
Dos tipos de movimiento comparten mi presencia: un
movimiento hacia la fuente y un movimiento hacia la vida.
Quiero ver y no olvidar mi pertenencia a esos dos niveles.
Sólo puedo tener conciencia de mí mismo en el
momento en que me coloco entre esos dos niveles.
Tomo conciencia con mi sentimiento de una realidad superior a
mí.
Sin ella no soy nada, no tengo fuerza para resistir a lo que me
arrastra hacia la identificación.
Me abro a esa realidad, la percibo conscientemente, recibo su acción
y me alimento de ella.
Pero eso me pide una actitud que no puedo
mantener.
Regreso siempre al sentimiento de mi yo ordinario, que no
comprende que él debe servir.
Ese yo está ciego, se cree libre y regresa siempre a su
esclavitud.
Cuando empiezo a ver mi situación, puedo comprender la
ilusión del yo ordinario, que toda mi fuerza de vida alimenta, y puedo sentir la necesidad de
encontrar una nueva actitud hacia mí mismo.
El esfuerzo inicial es liberar mi atención de la
identificación.
Para que pueda haber conciencia, mi atención debe
ser completamente movilizada.
Y para eso, necesita orientarse en dos direcciones a la
vez a fin de que se cree un núcleo central, un centro de gravedad de
mi atención.
El poder de la energía dividida es mi poder de atención.
No comprendemos suficientemente el valor de estos breves
instantes cuando uno se coloca entre dos fuerzas.
Ahora sé que para recordarme de mí mismo debo pasar por
una prueba, la prueba de la duda.
A cada paso la encuentro.
Dudo de mí, de otra parte de mí.
Dudo de poder encontrar una ayuda, de posibilidades más
altas que las que conozco.
Es alli donde necesito hacer un esfuerzo desesperado para
ser verdadero.
Pero la fuerza de la mentira está allí, hasta en los mejores
momentos.
Debo luchar con la duda, luchar hasta quebrarme en esa
lucha.
Debo ser vencido.
Cuando llegue finalmente a abdicar, la ayuda estará
allí, pidiéndome ser verdadero para que la relación se mantenga.
No es necesario llegar siempre a estados de
exaltación.
El hecho de mantenerse por encima del nivel del sueño —un poco
por encima, pero de una manera algo más estable— es en si misma una experiencia
extraordinaria.
Algo se despierta en uno porque es
constantemente sacudido por la experiencia.
Necesitamos saber lo que somos: un esclavo inconsciente o
un sirviente consciente.
Nuestra atención no tiene centro de gravedad.
No está imantada por una fuerza que actúe sobre ella.
Nuestra atención va donde es Ilamada.
Veo quizás que no estoy disponible porque mi atención no
lo está.
Soy incapaz de estar a la vez contenido en mí mismo y
libre hacia el exterior.
¿Qué falta?
Esta realidad interior es la fuente de mi vida y al mismo
tiempo necesito absolutamente manifestarme hacia afuera.
Si reconozco que ésta vida interior es como un imán, veré
el exterior como una atracción que se opone, otro imán.
Comprenderé entonces lo que es la atención, una
energía que me relaciona a la vez con la fuente y con el mundo exterior, y me
permite recibir un conocimiento, es decir, conocer.
La palabra “conocimiento” está tan gastada que ya no
quiere decir nada.
Pero cuando decimos “quiero conocerme a mi mismo”, no estamos hablando
de adquirir un saber conceptual, algo que sepamos de una vez por
todas y que recordemos despues pasivamente.
Estamos hablando de una acción muy activa e intensa.
Además del primer choque del despertar, ese regresar a mí
mismo, lucho por quedarme delante de mi propia división.
La necesidad de una Presencia que perdure produce un
segundo choque, el despertar de un nuevo sentimiento, de una
voluntad.
Para conocerme a mí mismo y no perderme, quiero que esa Presencia se mantenga.
El resultado del esfuerzo está siempre determinado de
antemano.
Tiene que ocurrir.
Es una consecuencia conforme a las leyes.
Si lo que ocurre no es siempre lo que esperábamos, quiere decir
que el esfuerzo no fue lo que hubiera podido ser.
Con un esfuerzo junto, el resultado vendrá siempre en su
momento.
jeanne de salzmann
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