DOS VIDAS
Uno
debería pensar seriamente antes de decidirse a trabajar sobre sí mismo con la meta
definida de llegar a ser consciente y de desarrollar una relación con los centros superiores.
Ese
trabajo no admite ninguna componenda y exige una fuerte disciplina.
Es
necesario estar dispuesto a obedecer las leyes.
Puedo
estudiar el sistema de las ideas, pero si no me doy cuenta de mí mecanicidad y de mí
impotencia, esto no me llevará lejos.
Las
condiciones
pueden cambiar y puedo perder toda posibilidad.
El
pensamiento no debe permanecer perezoso.
Hay
que comprender la necesidad de introducir los principios del trabajo en mi vida personal.
No
podemos
aceptar que una parte de nosotros mismos piense falsamente y al mismo tiempo esperar
que otra parte vaya a pensar correctamente.
Uno
necesita vivir la enseñanza con todas las partes de sí mismo.
Es
absolutamente necesario tener una sensación continua, una relación constante entre el
pensamiento y el cuerpo.
De
otra manera, estoy tomado por el automatismo.
La
relación de la cabeza y el cuerpo depende de una atención voluntaria, activa.
Cuando
la relación es fuerte, hay una corriente de energía superior que pasa por la cabeza.
La
atención debe ser mantenida voluntariamente sobre la relación entre las energías de los
centros.
Uno
ve que es necesario que nuestros centros estén de acuerdo y, para hacer cualquier cosa
juntos, deben someterse a un amo común.
Pero
les es difícil ponerse de acuerdo, porque si hubiera un amo ya no les sería posible hacer lo
que quisieran.
Sin
embargo, cuando no hay amo no hay alma...; ni alma ni voluntad.
Para
que la relación no se pierda, necesito mantener todo el tiempo un estado recogido.
Debo
aprender a contrariar mi subjetividad en la vida cotidiana; por ejemplo, contrariar mis hábitos.
Ejemplo:
lo que habitualmente tomo con la mano derecha, lo tomo con la izquierda.
Al
ir a la mesa,
me siento de una manera desacostumbrada.
Todo
el tiempo me contrarío.
Pienso
en esto a menudo durante el día, recordando que quiero mantener mi atención, no perderla.
Quiero
conservarla en mí, para mí, conscientemente.
Lo
importante en nuestro trabajo es la lucha interior.
Sin
esto, el tiempo pasará sin que aparezca ningún cambio.
Uno
debe aprender a no identificarse interiormente y a representar un papel exteriormente.
Uno
ayuda a lo otro.
Mientras
lo hago, no me identifico con nada.
Sin
ser fuerte en lo exterior es imposible ser fuerte en lo interior.
Sin
ser fuerte en lo interior, no es posible ser fuerte en lo exterior.
La
lucha debe ser real.
Cuanto
más difícil, más vale.
Para
representar un papel hay que estar presente a lo que sucede a mi alrededor y al mismo
tiempo a lo que pasa en mí.
Dos
clases de acontecimientos,
dos vidas, una en la otra, de orden diferente.
La
manera
de vivir ambas testimonia el poder de ser.
Mientras
no se pueda representar
su papel de esa manera, habrá intentos, impulsos, momentos más intensos, pero
no habrá poder.
Es
como una especie de cruz sobre la que hay que clavarse para poder estar atento sin descanso, un molde rígido que
constituye mi límite.
Soy
consciente de este límite, lo reconozco.
Puedo
entonces ser lo que soy.
Sin
el límite de ese papel no es posible ninguna concentración de fuerzas.
De
esa manera,
mi vida exterior se vuelve como un rito, un servicio, para mi vida interior.
El
sufrimiento voluntario es el único principio activo en nosotros que puede ser convertido
en sentimiento superior.
Esto
es necesario para la creación del segundo cuerpo.
En
la lucha entre dos octavas, el cuerpo debe rechazar su automatismo para
someterse a la acción de una fuerza más alta.
Con
el esfuerzo de seguir permaneciendo, la energía crece y llega a tener una fuerza activa que lleva
la fuerza pasiva a obedecer.
Esa
energía debe ser mantenida ante todas las situaciones de la
vida.
Es
necesario llevarse hasta un cierto estado de Presencia una y otra vez, hacer un
esfuerzo consciente una y otra vez, hasta que se forme algo que tiene su propia
vida.
Luego
eso será indestructible.
Trabajamos
para el mañana, para el futuro.
Sufrimos
conscientemente hoy para conocer mañana la dicha verdadera.
jeanne de salzmann
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