TENGO QUE HABLAR
Siempre comenzamos muy lejos de lo esencial.
Incluso si repetimos y repetimos tenemos que pensar en
el significado de lo que estamos haciendo, en el significado de nuestro trabajo y de
nuestra Presencia.
Esto nunca debe ser olvidado, pero nosotros lo olvidamos
todo el tiempo.
Perdemos el significado y tenemos que volver atrás.
No podemos fingir y dar por sentado que el significado es
comprendido.
Eso no es verdad.
Cada vez que nos reunimos, el significado tiene que renovarse
para cada uno de nosotros.
Cada oportunidad tiene que ser un momento
de agudo cuestionamiento.
Si no sé por mí mismo ahora lo que estoy haciendo, lo que
está en juego, lo que está en pregunta —si no lo sé en cada ocasión—,
sucederá algo diferente que irá en la dirección contraria.
Mi esfuerzo tiene que ser claro, lo que yo estoy buscando
tiene que ser claro.
Cada uno, unido a los demás, tiene que hacer surgir
su Presencia en sí mismo al mismo tiempo.
Esa Presencia debe llegar a ser realidad, nuestra conexión común
sobre lo personal, una realidad que servimos y obedecemos.
La vida de un grupo depende de nuestro estado y de
nuestras preguntas.
Preguntamos cualquier cosa que deseemos acerca de nuestro
trabajo.
¿Cuáles son mis dificultades ahora, qué necesito
comprender, qué quiero yo saber?
¿Qué me parece importante intercambiar sobre mi trabajo?
Cuando nos reunimos, tengo que estar preparado para hablar.
Tengo que reflexionar constantemente sobre mi trabajo y
no venir en un estado pasivo.
Si vengo sin estar preparado, no tiene mucho sentido.
Si no tengo una meta definida, una pregunta, entonces no
tenemos nada que compartir.
¿Cómo puedo tener un intercambio?
Es imposible.
Uno de nuestros grandes obstáculos es nuestro concepto de
pregunta y respuesta; es decir, de la transmisión del conocimiento que se ha buscado y que
ha pasado de una persona a otra.
Pensamos que quien pregunta tiene menos
conocimiento y está, en efecto, solicitando una respuesta que despeje su
ignorancia.
Y en la vida, donde todo el mundo se apoya
sobre lo conocido, es asi; pero en un grupo la dirección es hacia lo
desconocido.
Quien pregunta está abriendo la puerta de lo
desconocido y quien escucha es llamado a un intercambio que fluya entre
ellos, un movimiento en dos direcciones opuestas.
Un verdadero cambio en la comprensión significaría que el nivel
de ambos participantes habría cambiado: el que escucha, preguntando, y quien
hace la pregunta, escuchando realmente.
En primer lugar, si estoy en la posición de quien
escucha, es necesario un cambio en mi estado; si estoy tratando de
tener una atención más activa, más libre para escuchar, más libre de
asociaciones y reacciones, puede haber una libertad mucho mayor de
explorar la pregunta: para explorarla más profundamente, sin ser tomado
por su formulación externa.
Si mi atención está más activamente comprometida, puede haber una
participación que permita que el intercambio fluya en dos
direcciones y despierte al «escuchador» tanto en quien pregunta como en
quien escucha.
Pero si esta atencion activa no es buscada, si recibo
la pregunta con mi atención ordinaria —es decir, pasivamente—,
respondo de manera pasiva y nada se intercambia, no importa cuan
brillantes sean mis palabras o cuan fuerte sea mi fuerza emocional.
En lugar de una atención y una receptividad de una
calidad nueva que permita el flujo de un nuevo conocimiento en
ambas direcciones, habrá una relación de dependencia unilateral,
mutuamente nociva, que ya existía y ahora es reforzada.
Esa actitud de dependencia llegará a ser
más y más fija y no permitirá la actividad y la libertad necesarias para
un intercambio real.
Una vez que he llegado a tener un estado más concentrado
necesito hablar acerca de mi trabajo y de mis preguntas,
intercambiar, siempre trabajando para estar presente.
Mi pensamiento es necesario, pero sólo sobre aquello que
quiero decir en el momento preciso.
No es nunca sobre algo que yo haya dicho o
algo que diré, sino sobre lo que digo en el momento mismo.
jeanne de salzmann
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