SÓLO EN LA VIDA ORDINARIA
Debo estar presente a mi vida si quiero saber lo que soy.
Cuando me acerco a las fuerzas superiores, siento que participo
de ellas pero que ese no es mi sitio; quedarme allí no es mi papel.
No puedo permanecer allí y, después de un cierto
tiempo, sólo lo imagino.
Cuando regreso hacia la vida, es con mi yo ordinario que
respondo.
Caigo de nuevo en mi pensar ordinario y mis emociones ordinarias,
y me olvido de esa otra posibilidad a la cual me acerque antes.
Está lejos, muy lejos de mí; hay una enorme
distancia.
Ya no creo en ella, ya no puedo manifestarme
obedeciéndola.
Obedezco a mi reacción subjetiva.
Estoy perdido, identificado con mis emociones subjetivas.
Creo ser algo por mi mismo, no necesitar de nada más.
Estoy sordo al llamado de una fuerza superior.
Tal como soy, no puedo sino perderme en la vida.
Esto es porque no creo que me pierdo, no veo que me
gusta ser arrastrado, no sé lo que significa «ser arrastrado».
No lo veo porque no me veo en mi manifestación.
No conozco realmente ni mi «si» ni mi «no» y no tengo impresiones
fuertes sobre las cuales apoyarme en mis momentos de trabajo, mi
esfuerzo para estar presente.
Mi primer acto consciente es conocer mi propia mecanicidad y
comprenderla.
Experimentarla quiere decir ver mi propia fuerza,
obedecer ciegamente a un movimiento de atracción o de repulsión ya automatizado y
darme cuenta de mi propia pasividad, de mi inercia respecto de ese
movimiento.
Mi automatismo es una cárcel.
Mientras me crea libre no podré salir de ella.
Sólo si comprendo que estoy preso puedo hacer los
esfuerzos necesarios para liberarme.
Se necesita la visión de que uno es una máquina,
conocerme como máquina, estar allí mientras funciono como máquina.
Mi meta es experimentar mi mecanicidad y no olvidarla nunca.
Lo que se pone a prueba en el momento de la manifestación
es el sentimiento que tengo de mí mismo.
Todas nuestras identificaciones están animadas
por una fuerza esencial.
Es esto lo que tenemos que afrontar.
La forma que toman nuestras identificaciones no es lo importante, no es
el corazón del problema.
Hay que regresar a la fuente, ver que detrás
de cada una de nuestras mascaras está esa fuerza que actúa, que es de
hecho nuestra fuerza la que debe estar allí, pero nos es robada por la
afirmación de nuestra individualidad.
Decimos «yo» durante todo el día.
Cuando estamos solos, cuando hablamos con otras personas,
decimos «yo, yo, yo».
Creemos que somos una individualidad, y esa
ilusión sostiene nuestra existencia.
Hacemos constantemente un esfuerzo para ser otros,
para ser lo que no somos, porque tenemos miedo de no ser nada.
Al mismo tiempo, somos los portadores de posibilidades
superiores.
En nuestros mejores momentos sentimos que cada uno de
nosotros es una partícula de algo más grande.
Llevamos en nosotros las semillas de ese algo más grande.
Todo nuestro valor como hombres esta allí.
Debemos tomar conciencia de ser los portadores de esas
posibilidades para hacerlas participar en nuestra fuerza de vida, ponerlas en contacto con
nuestra fuerza de vida.
Es a través de esa conciencia que el Yo y el yo ordinario
se conocerán, establecerán una relación.
La vida ordinaria se opone al conocimiento de
posibilidades más altas ocultas en mí.
Se opone de una manera natural e implacable que viene de
lo que soy hoy en día.
En esa oposición de dos vidas, de dos niveles
diferentes dirigidos por leyes diferentes, siento la necesidad de una vía, de
una dirección, de condiciones interiores nuevas.
Siento que debo aprender a verme tal como soy.
Y veo que sólo puedo estudiar dónde está mi fuerza y dónde
está mi debilidad en las condiciones de mi vida ordinaria.
Después, cuando sepa esto, sabré también si es necesario
cambiar.
jeanne de salzmann
No hay comentarios:
Publicar un comentario