EL SILENCIO
Tengo
la idea preconcebida de que el silencio es un estado desprovisto de energía y
de vida, un estado donde todo se detiene, la muerte de todo lo
que me mueve por lo general.
De
hecho, el silencio es un momento de la mayor energía, un estado en el que la energía es tan intensa que todo lo demás
está tranquilo.
Cada
vez más experimento una atracción por ese estado de apertura cercano a la
conciencia de lo que es, de lo que soy.
Pero
no estoy realmente
abierto; toma tiempo para que el ego ceda.
Hay
un límite que
no traspaso.
Siento
que para recibir lo real es necesaria una transformación, una ruptura con mi condicionamiento ordinario.
Para
conocer
quién soy, necesito una percepción de mí más allá de toda la actividad de mis
sentidos y de mis funciones.
Busco
el silencio y la tranquilidad, no para lograr una seguridad, sino para tener la libertad de recibir lo
desconocido; la percepción del «Yo» que es revelada en la tranquilidad debe
establecerse tan firmemente como la noción del yo arraigada en el cuerpo.
Para
tener el sentido de la realidad, hay que tener un sentido del espacio.
Entonces
hay un silencio.
Pero
el espacio que creamos con el pensamiento es pequeño y restringido.
Nos
aislamos, medimos y juzgamos, y es a partir de ese pequeño espacio que actuamos, pensamos y creemos aportar
algo a los demás.
Creemos
que ese espacio es muy importante porque es todo lo que conoce nuestro pensar; es a lo que nuestro yo
ordinario se aferra porque teme no ser nada.
Pero
en
ese pequeño espacio el único sentimiento que aparece es la oposición entre el yo y el
no yo.
El
pensamiento no puede aportar el vasto espacio en el cual hay silencio, un sentimiento ilimitado no puede aparecer.
No
me puedo escapar de ese espacio restringido pensando.
En
sí mismo,
el pensar no puede estar en silencio.
Sólo
puedo conocer algo nuevo si muero a todo lo que he conocido y aprendido.
Conocerse
quiere
decir conocer cómo vivo de momento en momento.
Sólo
esto eliminará
mi miedo y dará a mi mente la energía necesaria para estar en un completo silencio.
En
ocasiones, hay una detención entre dos pensamientos y, por un momento, siento
que el espacio se expande.
No
tiene límite.
El
pensar es silencioso sólo dentro de ese vasto espacio que el pensamiento no puede alcanzar.
Entonces,
ya no busco una
respuesta y, al darle mi total atención, entro en lo desconocido.
No
busco, percibo.
No
tengo que buscar el bien; la atención es el único bien.
Esa
atencion es el proceso de meditación.
Lo
importante es la tranquilidad misma, el silencio como hecho mismo, no lo que se
obtiene de él.
Hay
que encontrar la naturaleza del silencio, cuando el pensamiento, el sentimiento y el cuerpo están todos en silencio.
¿Qué
ocurre cuando el pensamiento está verdaderamente tranquilo, y también el sentimiento?
¿Se
despierta el silencio hacia sí mismo?
En
el acto de estar atento a la naturaleza del silencio, se despierta una inteligencia.
Su
aparición es importante, no lo que ella ilumina.
Esa
inteligencia es sagrada y no puede estar al servicio de mi ambición.
El
silencio que aparece cuando me veo tomado por la ilusión es iluminador.
Pero
deja de serlo si lo deseo.
Siento
la acción de la realidad sobre mí, pero no me entrego a ella.
Aprendo
a dejar florecer mi pensamiento y, de esa manera, que alcance su fin.
Esto
es, el campo está libre.
No
me opongo.
Un
pensamiento
que es una luz para sí mismo ya no busca la experiencia.
Hay
que pasar por el mundo del saber para entrar en lo desconocido, el vacío, lo
real.
Comienzo
a comprender que el silencio no llega porque busco hacer silencio.
Llega
una vez que la mente conoce el proceso del pensamiento y su condicionamiento por lo conocido.
Para
eso hay que observar
como se observa a un niño que uno quiere sin compararlo, sin condenarlo.
Uno
observa para comprender.
Sólo
cuando conozca este condicionamiento es que el silencio y la tranquilidad no serán la búsqueda de una
seguridad, sino la libertad de recibir lo desconocido, la verdad.
Entonces
la mente se vuelve muy tranquila.
Eso
abre la puerta
a un estado nuevo que es realidad, con inmensas posibilidades.
Entonces,
la mente ya no es el observador de lo desconocido; es lo desconocido mismo.
El
deseo de ser consciente es el deseo de ser. Sólo puede ser comprendido en el
silencio.
jeanne de salzmann
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