SIN MIEDO DE PERDERME
Hay una impresión que me mantiene en la verdad del
momento y que despierta mi atencion: el hecho de que respiro.
Toda mi atención está comprometida en el acto de
respirar.
Necesito poner en ella todo mi cuidado.
No conozco nada más.
Soy uno con ese sentimiento de respirar.
No se trata de hacer un esfuerzo en particular para
respirar, pero trato de sentir el soplo vital: inspirar, espirar,
inspirar, espirar.
Algunos pensamientos aparecerán.
Los observo como pensamientos, simplemente como
pensamientos que pasan.
No trato de desembarazarme de ellos; tampoco me pierdo en
ellos.
Los veo como si no tuvieran realidad y regreso a la
atención sobre la respiración.
En ese estado no busco, ni deseo, ni espero nada.
Respiro, soy esa respiración.
Para saberlo, tengo que poner mi mirada, mi
pensamiento sobre ella.
Juntas cobran sentido.
Una sin la otra carece de control, de
conocimiento.
Entonces, la respiración se hace sin
esfuerzo, sin presión, sintiendo bien el movimiento del aliento.
Esto depende de una inteligencia del pensar, que aporta
una mirada que se coloca conscientemente sin palabras, una visión.
Veo que esto necesita el soltar más completo que
yo conozca, un estado que debe parecerme desprovisto de mi yo ordinario, que está
siempre listo para inmiscuirse en la respiración.
Trato de no dirigir mi respiración.
La dejo ser tal cual es.
Comienzo por relajar los diferentes centros.
Primero, la cabeza.
Siento la diferencia entre una energía más inmóvil y las
ondas desordenadas de mis pensamientos.
Al relajarme, esas ondas se apaciguan.
Me quedo un cierto tiempo en la cabeza y luego, cuando
siento que la energía está más libre en ella, paso a la cara y
la nuca; después, a la columna vertebral.
Me sostengo equilibrado, con una profundidad de sensación
a la que no suelo acceder ordinariamente.
Mi sensación es una obediencia, una obediencia a la
vibración libre, la acción libre de la fuerza de vida en mí.
Entonces, paso al plexo solar.
También aquí las tensiones se sueltan.
Obedezco.
La energía no es dirigida; ella no me
pertenece; es libre.
Pero sólo la conozco en verdad cuando la
suelto muy naturalmente en el abdomen.
Si verdaderamente no hay tensión alguna en mí, nada que retenga la
energía en ninguna parte, ella va libremente hacia su fuente y la
siento como una fuerza de otra dimensión.
No tengo miedo de cederle el lugar; no me siento
amenazado.
Ahora que me siento más libre, puedo comenzar a respirar,
suavemente, sin retenerme, sin miedo de perderme.
Como si entrara en un acto que es más que un acto del
cuerpo.
Confío en ese movimiento.
Y dejo que se disuelvan todas las ideas, todas las
nociones.
No tengo miedo de exhalar completamente.
Y descubro un significado nuevo, como el significado de
lo sagrado en mi yo humano.
De nuevo me doy cuenta de que sólo confío en mí mismo.
Y sin embargo, es sólo en la fuerza activa del aire en la que
yo debería confiar.
Cuando me siento más equilibrado, respiro como si lo hiciera a través de
los centros y diciendo silenciosamente «Yo Soy».
Cuando digo «Yo», siento en los tres centros como si algo
se irguiera.
Cuando digo «Soy», siento tambien en los tres centros,
pero como si algo se sentara.
Cuando inspiro, digo «Yo» y visualizo que los elementos
activos del aire entran, y cuando expiro, digo «Soy» y los siento
depositarse y llenar mi cuerpo.
No trato de hacer nada más con este «Yo» y este «Soy»;
simplemente, me digo las palabras a mí mismo con cada respiración.
Sigo ese orden para llenarlo.
En mi sensación, sigo el siguiente orden: la pierna derecha,
la pierna izquierda, el brazo derecho, el brazo izquierdo, el
abdomen, el pecho, la cabeza y después todo el cuerpo.
jeanne de salzmann
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