LA EXTRAORDINARIA IMPRESIÓN DE EXISTIR
Necesito
reconocer en mí dos estados de ser.
Necesito
aprender a reconocer
en mí muy realmente la diferencia entre un estado donde es mi ego el que actúa y
otro estado donde es el hombre entero el que actúa, donde me siento ser un todo.
Me
doy cuenta cada vez más de que lo que creo conocer viene de mi pensamiento, que no es más que una proyección de mi
pensamiento, hasta mis sensaciones.
Pero
empiezo
a saber que otro «Yo», el principio de la conciencia, existe más allá de mi cuerpo, de los
pensamientos y de las emociones.
La
conciencia
sería un principio separado, el pensamiento puro, que ve y observa al yo ordinario.
Si
mi yo ordinario, el ego, consintiera en ser el servidor y no el amo, sería el eje de mis
esfuerzos hacia la conciencia.
Pero
eso es imposible,
ya que mis diferentes partes actúan separada e independientemente, sin tomar en
cuenta el resto de mi persona.
Entonces,
en lugar
de servir, de proteger, de ayudar a mi desarrollo, mi ego, mi yo, se infla y bloquea el
camino.
¿Quién
soy yo? Imposible responder.
No
soy mi cuerpo; permito que se vuelva pasivo. No soy mi cerebro formatorio; también permito que se vuelva pasivo.
Ante
esta interrogante, no soy estas emociones egoistas hacia mí mismo, las cuales también se vuelven
pasivas.
¿Quién
soy yo?
El soltar se hace cada vez más profundo.
No
me relajo ahora para obtener algo. Me relajo por humildad, porque comienzo a ver que
por mí mismo no soy nada y que, en el seno de esta humildad, aparece una confianza, una especie de fe.
Estoy
tranquilo y estoy bien donde estoy, en paz.
En
ese soltar más profundo, me abro al centro vital en el abdomen, el punto de
relación con las energías que vienen de todos mis centros, que se relacionan entre
si de una cierta manera.
Ese
contacto me hace sentir que la totalidad de mi ser ya no está amenazada.
Todo
está integrado,
todo está en su lugar.
Me
siento en un orden junto que me involucra todo entero.
Mi
cuerpo está en reposo, no se tensa en ninguna dirección.
Hay
un movimiento constante de soltar hacia abajo, hacia ese centro de gravedad desde donde parto para
atender la vida y donde regreso a mi mismo.
En
ese movimiento de soltar profundo, tengo la impresión de una energía liberada, liberada sin
ningún esfuerzo,
sin que yo haya hecho nada para ello.
Llega
como un resultado.
No
es asumida ni por mi pensamiento ni por mi emoción.
Ella
no me pertenece.
Es
una fuerza sobrenatural que obra mientras la obedezca.
Ella
me transformaría si yo aceptara la experiencia, si no me le resistiera tratando
de dirigirla.
Aprendo
a vivirla.
Le
obedezco conscientemente.
Ese
es el movimiento de mí ser.
Cuando
mi cuerpo ha alcanzado un estado en el que ya no hay tensión, siento lo fino de
la sensación de inmovilidad como el nacimiento del ser.
Y
siento que lo fino del pensamiento alcanza un grado donde él tiene la experiencia
de penetrar y de registrar todo lo que pasa.
Siento
esa extraordinaria impresión de existir.
Cuando
estoy así tranquilo, inmóvil, sin tensión, siento que mi respiración tiene una gran importancia, una
importancia que nunca le doy.
Es
por ese acto que participo de la vida; un acto más grande que yo.
Existo
en ese movimiento,
un movimiento viviente en el que estoy incluido.
No
es mi cuerpo,
soy yo quien respira.
jeanne de salzmann
No hay comentarios:
Publicar un comentario