LA IMAGINACIÓN DE MÍ MISMO
Para saber quién soy yo, necesito ver lo que es real en
mí.
El mayor obstáculo es la ilusión.
Acepto la imaginación en lugar de la conciencia, una idea
de mí mismo en lugar de un sentimiento del «yo».
Al venir hoy aquí, cada uno trae consigo algo muy
importante: su yo, su persona, su ego.
Trato de comprender por qué vine.
Veo bien que es mi persona la que está aquí, esa persona a la que
me aferro; y, si soy sincero, veo bien que está mezclada en gran parte
con lo que me trajo aquí.
Pero ella no podrá ayudarme.
El verlo, el ver que me creo esto todavía, me hace
preguntarme con un deseo mayor: «¿Quién soy yo, entonces?»
Todos estamos, tal como somos, bajo la influencia de
nuestra imaginación sobre nosotros mismos.
Esa influencia todopoderosa condiciona todos
los aspectos de nuestra vida.
Por una parte, hay esa imaginación, esa falsa noción de mí
mismo.
Por la otra, está el Yo que no conozco.
No veo la diferencia.
Es como si ese Yo estuviera enterrado bajo
una masa de creencias, de intereses, de gustos y de pretensiones.
No hay nada que pueda oponérsele y todo lo que afirmo es la
imaginación de mí mismo.
Lo que no puedo afirmar, porque no lo conozco, pero que
llama a ser conocido, que tiene nostalgia del conocimiento y que desea
animarse, activarse para conocer, es el verdadero mí mismo, el «Yo».
Hoy en día es débil.
Sin embargo, es como una semilla y, si mí interés por el
estudio de ese conocimiento es suficiente, mi búsqueda se convierte en la
tierra en la que puede crecer.
Hoy necesito aprender a reconocer y a separar el
verdadero «Yo» de la imaginación de mí.
Es una tarea ardua porque mi imaginación se defiende.
Se opone al «Yo».
Ella es exactamente lo que «Yo» no soy.
Cuando pienso en mí, creo siempre que existo y que mi
imaginación de mí, lo que llamamos personalidad, no existe.
No tengo ni idea de esa imaginación.
Mientras no la conozca no puedo saber lo que soy.
Esta imaginación de mí se encuentra en el corazón del
ego, en el sentido habitual que tengo de mí, y todos los movimientos
de mi vida interior tienden a protegerlo.
Esa tendencia existe tanto en el inconsciente como en
las capas conscientes de mi mismo.
Es porque queremos proteger a cualquier precio ese
yo, que nuestras experiencias y nuestro saber tienen tal importancia para nosotros.
No hacemos las cosas por decisión propia o porque
nos gusten, sino porque asi afirmamos, aseguramos, nuestro yo.
Él es el motor de todos los pensamientos y
emociones.
Pero es tan sutil que no lo vemos.
Estamos tan preocupados por el ideal de lo que
quisiéramos ser que no vemos lo que somos ahora, de inmediato, en el instante mismo.
Tal vez detrás de la formación de esa idea de mi,
haya el eco de un querer muy profundo, el querer ser, ser enteramente lo que soy.
Pero hoy en día la influencia que me
controla es la imaginación de «yo», y ese yo desea, pelea, compara y juzga todo
el tiempo.
Quiere ser el primero, quiere ser reconocido,
admirado, respetado, hacer sentir su fuerza, su poder.
Es una entidad compleja que se fue formando a través de
los siglos por la estructura psicologica de la sociedad.
¿Acaso lo sé?
No sólo de pasada o por haberlo comprobado algún día, sino...
¿puedo descubrirlo inmediatamente en cada acción, cuando trabajo, cuando
como, cuando hablo, cuando bromeo con otro?
¿Puedo darme cuenta de mi deseo de ser alguien y de mi manera de
compararme siempre con otro?
Si lo veo, entonces podré experimentar el deseo de liberarme de
él y, también, ver por qué me quiero liberar de él.
Mientras no haya comprendido que esto es lo esencial de
mí búsqueda, que ese es el primer paso hacia el
conocimiento de mí mismo, continuaré
siendo engañado y todos mis esfuerzos me llevaran únicamente a una decepción.
Porque, aún en las capas más inconscientes, ese yo, la
imaginación de mí mismo, continuará fortaleciéndose.
Debo aceptar honestamente el hecho de que no lo conozco
como para interesarme y querer entonces conocerlo.
Así, mis pensamientos, mis emociones, mis actos no son ya
objetos que puedo ver con indiferencia.
Ellos son yo y
sólo estoy para comprender esas expresiones de mí mismo.
Si quiero comprenderlas, necesito vivir con ellas, no como un
espectador, sino con afecto y sin juzgarlas, culparlas o evitarlas.
Hay que vivir con ellas, sufrirlas, momento a momento.
jeanne de salzmann
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