CENTRARNOS GRACIAS A LA CONCIENCIA
Ningún movimiento consciente se puede hacer a menos que
yo esté centrado en una forma interior que corresponda a mi doble
naturaleza humana.
Mientras mis centros no estén relacionados y sean
permeables a una energía esencial que trascienda su
comprensión, no tenemos esa relación,
no tenemos esa permeabilidad; de modo que nuestros actos nunca son conscientes, lo queramos o no.
A menudo, las asociaciones son puestas en
movimiento por los choques causados a nuestro amor propio y veo el
mundo exterior a través de ese estado de ánimo.
Veo esto como el centro de gravedad de mi estado que deforma
el sentido de mis percepciones.
Entonces me doy cuenta de que soy esclavo de mi amor propio.
No me comporto en la vida como un ser viviente en sí
mismo.
Sólo existe en mí el amor propio.
No se lo que es amar.
Reconocemos que las funciones pueden existir sin la
conciencia y empezamos tambien a darnos cuenta de que la conciencia
puede existir sin las funciones.
Necesitamos comprender que nuestra meta se alcanza
gracias a la conciencia de centrarnos en nosotros mismos.
Esa es nuestra posibilidad como hombres y a la vez
nuestro riesgo, pues podemos tanto encontrarnos como perdernos.
Comienzo a ver que vivo desgarrado entre dos realidades:
por una parte la realidad de mi existencia sobre la tierra, que
me limita en el tiempo y en el espacio, que me amenaza en mi existencia y
me tienta con las posibilidades de satisfacción; por la otra, una
realidad de ser que está más allá de esa clase de existencia.
Una realidad por la cual uno siente nostalgia, que nos llama,
llama a nuestra conciencia, a través de todas las desdichas, las miserias y
decepciones, para llevarnos a servir al Ser, a la calidad Divina.
Si tomo conciencia del mundo solamente para
subsistir en él, el ser esencial queda velado.
Incluso si subsisto de una manera inteligente y
razonable, no veo el sentido de mi vida.
No tengo dirección.
Estoy completamente orientado hacia la existencia
exterior, y eso me impide tomar conciencia de mi ser genuino.
Por otra parte, cuando siento y recibo la impresión de mi
ser,
el trae consigo la fuerza de funciones diferentes de aquellas con las que
siempre vivo.
Bajo esa impresión olvido mi vida y me retiro en el
aislamiento.
El mundo me reclama sin tomar en cuenta la voz interior.
El ser me reclama sin tomar en cuenta las exigencias de
la existencia.
Son los dos polos de un mismo Yo, de un mismo Ser.
Necesitamos adquirir un estado de ser en el cual uno está
cada vez más abierto y obediente a la acción de una fuerza esencial en
nosotros, y al mismo tiempo ser capaces de expresar esa fuerza, de
permitirle hacer su obra en el mundo.
Si observo mi estado en este momento, veo que no tengo un
centro de gravedad.
No tengo un “yo”.
Estoy habituado a llamar a mi cuerpo y a mis otras
funciones “yo”.
Tengo varios “yoes”, pero no tengo un Yo verdadero,
siempre el mismo, que no cambia.
Un Yo que podría querer: no desear, no esperar, sino querer.
Las diferentes partes en mí no están relacionadas unas con
otras.
Mi sentimiento no siente lo que mi cabeza
piensa, y mi cabeza no piensa lo que mi sensación experimenta.
Su intensidad es diferente y ellos no tienen la misma
meta.
Estan ocupados personalmente, cada uno por si mismo con
su propia meta, con sus propios deseos.
Mis pensamientos, mis emociones y sensaciones de todo
tipo no se detienen jamás y, al tomarlas por realidades, les doy
mi atención.
Siento que ellos me impiden aproximarme a una realidad
que nunca toco, una realidad que siento como un vacío, el vacío de
mi yo habitual.
Siento la necesidad de conocer, de ser suficientemente
libre para entrar en contacto con esa realidad.
Siento la necesidad de una aproximación.
Desde que siento esa necesidad, se opera en mí un dejar caer, una
liberación, un soltar.
Es como si se abriera un espacio y en ese espacio la
energía se reuniera para formar un todo indivisible.
Y de repente, me siento otro ser.
Ese momento de unidad es un cambio completo en la
conciencia de mí mismo.
No queda nada de la manera de pensar y de sentir
ordinaria.
La posibilidad de crecimiento interior es abrirse a una
función nueva que pasa de un centro a otro y termina por relacionarlos.
El pensamiento necesita independizarse para
conservar la experiencia del recuerdo de sí que pasa después al centro del
movimiento, luego al centro emocional, y de allí se conecta con los centros
superiores.
Para esto debe haber un centro de gravedad interior.
Necesito ver lo que esto exige.
jeanne de salzmann
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