domingo, 27 de septiembre de 2015

CENTRARNOS GRACIAS A LA CONCIENCIA

CENTRARNOS GRACIAS A LA CONCIENCIA

Ningún movimiento consciente se puede hacer a menos que yo esté centrado en una forma interior que corresponda a mi doble naturaleza humana.

Mientras mis centros no estén relacionados y sean permeables a una energía esencial que trascienda su comprensión, no tenemos esa relación, no tenemos esa permeabilidad; de modo que nuestros actos nunca son conscientes, lo queramos o no.

A menudo, las asociaciones son puestas en movimiento por los choques causados a nuestro amor propio y veo el mundo exterior a través de ese estado de ánimo.

Veo esto como el centro de gravedad de mi estado que deforma el sentido de mis percepciones.

Entonces me doy cuenta de que soy esclavo de mi amor propio.

No me comporto en la vida como un ser viviente en sí mismo.

Sólo existe en mí el amor propio.

No se lo que es amar.

Reconocemos que las funciones pueden existir sin la conciencia y empezamos tambien a darnos cuenta de que la conciencia puede existir sin las funciones.

Necesitamos comprender que nuestra meta se alcanza gracias a la conciencia de centrarnos en nosotros mismos.

Esa es nuestra posibilidad como hombres y a la vez nuestro riesgo, pues podemos tanto encontrarnos como perdernos.

Comienzo a ver que vivo desgarrado entre dos realidades: por una parte la realidad de mi existencia sobre la tierra, que me limita en el tiempo y en el espacio, que me amenaza en mi existencia y me tienta con las posibilidades de satisfacción; por la otra, una realidad de ser que está más allá de esa clase de existencia.

Una realidad por la cual uno siente nostalgia, que nos llama, llama a nuestra conciencia, a través de todas las desdichas, las miserias y decepciones, para llevarnos a servir al Ser, a la calidad Divina.

Si tomo conciencia del mundo solamente para subsistir en él, el ser esencial queda velado.

Incluso si subsisto de una manera inteligente y razonable, no veo el sentido de mi vida.

No tengo dirección.

Estoy completamente orientado hacia la existencia exterior, y eso me impide tomar conciencia de mi ser genuino.

Por otra parte, cuando siento y recibo la impresión de mi ser, el trae consigo la fuerza de funciones diferentes de aquellas con las que siempre vivo.

Bajo esa impresión olvido mi vida y me retiro en el aislamiento.

El mundo me reclama sin tomar en cuenta la voz interior.

El ser me reclama sin tomar en cuenta las exigencias de la existencia.

Son los dos polos de un mismo Yo, de un mismo Ser.

Necesitamos adquirir un estado de ser en el cual uno está cada vez más abierto y obediente a la acción de una fuerza esencial en nosotros, y al mismo tiempo ser capaces de expresar esa fuerza, de permitirle hacer su obra en el mundo.

Si observo mi estado en este momento, veo que no tengo un centro de gravedad.

No tengo un “yo”.

Estoy habituado a llamar a mi cuerpo y a mis otras funciones “yo”.

Tengo varios “yoes”, pero no tengo un Yo verdadero, siempre el mismo, que no cambia.

Un Yo que podría querer: no desear, no esperar, sino querer.

Las diferentes partes en mí no están relacionadas unas con otras.

Mi sentimiento no siente lo que mi cabeza piensa, y mi cabeza no piensa lo que mi sensación experimenta.

Su intensidad es diferente y ellos no tienen la misma meta.

Estan ocupados personalmente, cada uno por si mismo con su propia meta, con sus propios deseos.

Mis pensamientos, mis emociones y sensaciones de todo tipo no se detienen jamás y, al tomarlas por realidades, les doy mi atención.

Siento que ellos me impiden aproximarme a una realidad que nunca toco, una realidad que siento como un vacío, el vacío de mi yo habitual.

Siento la necesidad de conocer, de ser suficientemente libre para entrar en contacto con esa realidad.

Siento la necesidad de una aproximación.

Desde que siento esa necesidad, se opera en mí un dejar caer, una liberación, un soltar.

Es como si se abriera un espacio y en ese espacio la energía se reuniera para formar un todo indivisible.

Y de repente, me siento otro ser.

Ese momento de unidad es un cambio completo en la conciencia de mí mismo.

No queda nada de la manera de pensar y de sentir ordinaria.

La posibilidad de crecimiento interior es abrirse a una función nueva que pasa de un centro a otro y termina por relacionarlos.

El pensamiento necesita independizarse para conservar la experiencia del recuerdo de sí que pasa después al centro del movimiento, luego al centro emocional, y de allí se conecta con los centros superiores.

Para esto debe haber un centro de gravedad interior.


Necesito ver lo que esto exige.

jeanne de salzmann

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