lunes, 28 de septiembre de 2015

LO MILAGROSO EN ACCIÓN

LO MILAGROSO EN ACCIÓN

Cuando nos reunimos para trabajar juntos, somos atraídos por un anhelo irresistible de lo milagroso, aunque nos encontramos trabajando en tareas mundanas como construcción, limpieza, cocina o cerámica.

¿Cómo relacionar estas dos cosas: lo milagroso y la vida?

A través de la acción.

Sin la acción no hay ni milagro ni vida.

Cuando pensamos en una acción, nunca pensamos que las acciones pueden ser radicalmente diferentes en sí mismas, en su calidad.

Vemos claramente la diferencia entre madera y metal, y no nos equivocamos.

Pero no vemos que, en su calidad, las acciones pueden ser tan diferentes unas de otras como lo son esos diferentes materiales.

Estamos ciegos a las fuerzas que intervienen en nuestras acciones.

Por supuesto, sabemos que nuestra acción se propone alcanzar un objetivo, y esperamos un resultado de ella.

Siempre pensamos en el objetivo en el resultado, pero nunca en la acción misma.

Sin embargo, el objetivo no determina la acción.

Es la calidad de la fuerza que interviene en una acción la que la condiciona, la que la hace automática o creativa.

Lo milagroso es la entrada en acción de una fuerza consciente que sabe por qué y cómo es realizada dicha acción.

Todo lo que hacemos —trabajar la madera o la piedra, preparar una comida, un trabajo artístico o intelectual—, todo, puede ser o un acto automático o un acto de creación.

Todo lo que hago en mi estado habitual es sólo repetición.

Cuando tengo que hacer algo, lo primero que hago es reunir todos mis recuerdos al respecto.

Luego reúno toda mi experiencia y todo mi saber.

Mi cabeza se aplica, mi cuerpo la sigue, y a veces estoy interesado.

Pero sólo realizo una labor automática y algo en mí lo sabe.

No hay una necesidad de que sea así o de la otra manera, y puedo hacerla en un tempo y a una velocidad que me agradan.

Puedo incluso alcanzar algo bueno, pero eso no puede cambiarme.

No tiene el poder de acción, de creación.

Es completamente diferente cuando mi acción no es una repetición, sino algo nuevo, una acción que sólo tendrá lugar en el momento presente para responder a la necesidad que reconozco ahora.

Entonces sólo hay una velocidad posible y ninguna otra podría reemplazarla.

En una acción creadora, esto viene de una fuerza de vida irresistible, reconocida como una verdad a la que yo obedezco.

Y es esa fuerza la que ve lo que hay que hacer y dirige mi brazo, mi pensamiento, mis sentidos.

Ella crea un acto y un objeto que tienen un dinamismo irresistible y una inteligencia.

La palabra debe ser dicha; el sonido, emitido.

Para actuar de esa manera necesito estar libre, sin imagenes o ideas, sin un pensamiento sojuzgado por una respuesta de la memoria.

La libertad no es libertad de algo.

La libertad está en el momento presente, un momento que nunca ha existido antes.

La acción es inmediata, sin intervención del pensamiento.

Nunca sé, sino que aprendo.

Esto es siempre nuevo.

Para aprender hay que tener la libertad de mirar.

El pensamiento es silencioso, enteramente silencioso, libre.

El ve.

En ese estado se puede comprender y tener una acción no fragmentada.

Podemos incluso actuar juntos, unos con los otros, si tenemos la misma seriedad, la misma intensidad en el instante.

Una acción depende de la manera en que es empleada mi energía en el momento mismo en que actúo.

Para saberlo es necesario que yo sea consciente de ella en el momento mismo y que sienta en ella el movimiento que va hacia su meta.

Una vez que el movimiento se ha iniciado, es demasiado tarde para intervenir.

Una vez iniciado, ya no me pertenece.

Nada puede impedirle dar los resultados consecuentes, buenos o malos, fuertes o débiles, puros o torcidos.

Todo está, pues, en las disposiciones que preceden a la acción, al movimiento.

Cada acto exige, pues, una cierta libertad de mi cuerpo, una cierta concentración de mi pensamiento, y un interés, un calor por lo que se está haciendo.


Esto me llevará a una nueva manera de vivir.

jeanne de salzmann

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