LO MILAGROSO EN ACCIÓN
Cuando
nos reunimos para trabajar juntos, somos atraídos por un anhelo irresistible de lo
milagroso, aunque nos encontramos trabajando en tareas mundanas como construcción, limpieza,
cocina o cerámica.
¿Cómo
relacionar estas dos cosas: lo milagroso y la vida?
A
través
de la acción.
Sin
la acción no hay ni milagro ni vida.
Cuando
pensamos en una acción, nunca pensamos que las acciones pueden ser
radicalmente diferentes en sí mismas, en su calidad.
Vemos
claramente
la diferencia entre madera y metal, y no nos equivocamos.
Pero
no vemos que, en su calidad, las acciones pueden ser tan diferentes unas de otras como
lo son esos diferentes materiales.
Estamos
ciegos
a las fuerzas que intervienen en nuestras acciones.
Por
supuesto, sabemos que nuestra acción se propone alcanzar un objetivo, y esperamos un resultado de
ella.
Siempre
pensamos en el objetivo en el resultado, pero nunca en la acción misma.
Sin
embargo, el objetivo no determina la acción.
Es
la calidad de la fuerza que interviene en una acción la que la condiciona, la que la hace automática
o creativa.
Lo
milagroso es la entrada en acción de una fuerza consciente que sabe por qué y cómo es
realizada dicha acción.
Todo
lo que hacemos —trabajar la madera o la piedra, preparar una comida, un trabajo
artístico o intelectual—, todo, puede ser o un acto automático o un acto de creación.
Todo
lo que hago en mi estado habitual es sólo repetición.
Cuando
tengo que hacer algo, lo primero que hago es reunir todos mis recuerdos al respecto.
Luego
reúno toda mi
experiencia y todo mi saber.
Mi
cabeza se aplica, mi cuerpo la sigue, y a veces estoy interesado.
Pero
sólo realizo una labor automática y algo en mí lo sabe.
No
hay una necesidad de que sea así o de la otra manera, y puedo hacerla en un tempo y a una velocidad que me agradan.
Puedo
incluso alcanzar algo bueno, pero eso no puede cambiarme.
No
tiene el poder de acción, de creación.
Es
completamente diferente cuando mi acción no es una repetición, sino algo nuevo,
una acción que sólo tendrá lugar en el momento presente para responder a la necesidad que reconozco
ahora.
Entonces sólo hay una
velocidad posible y ninguna otra podría reemplazarla.
En
una acción creadora, esto viene de una fuerza de vida irresistible, reconocida como
una verdad a la que yo obedezco.
Y
es esa fuerza
la que ve lo que hay que hacer y dirige mi brazo, mi pensamiento, mis sentidos.
Ella
crea un acto y un objeto que tienen un dinamismo irresistible y una inteligencia.
La
palabra debe ser dicha; el sonido, emitido.
Para
actuar de esa manera necesito estar libre, sin imagenes o ideas, sin un pensamiento
sojuzgado por una respuesta de la memoria.
La
libertad
no es libertad de algo.
La
libertad está en el momento presente, un momento que nunca ha existido antes.
La
acción es inmediata, sin intervención del pensamiento.
Nunca
sé, sino que aprendo.
Esto
es siempre nuevo.
Para
aprender hay que tener la libertad de mirar.
El
pensamiento es silencioso, enteramente silencioso, libre.
El
ve.
En
ese estado se puede comprender y tener una acción no fragmentada.
Podemos
incluso actuar juntos, unos con los otros, si tenemos la misma seriedad, la
misma intensidad en el instante.
Una
acción depende de la manera en que es empleada mi energía en el momento mismo en
que actúo.
Para saberlo es necesario que yo sea consciente
de ella en el momento mismo y que sienta en ella el movimiento que
va hacia su meta.
Una
vez que el movimiento se ha iniciado, es demasiado tarde para intervenir.
Una
vez iniciado, ya no me pertenece.
Nada
puede impedirle dar los resultados consecuentes, buenos o malos, fuertes o
débiles, puros o torcidos.
Todo
está, pues, en
las disposiciones que preceden a la acción, al movimiento.
Cada
acto
exige, pues, una cierta libertad de mi cuerpo, una cierta concentración de mi pensamiento,
y un interés, un calor por lo que se está haciendo.
Esto
me llevará a una nueva manera de vivir.
jeanne de salzmann
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