UNA INMOVILIDAD
INTERIOR
Hasta
ahora, no comprendo mi relación con mi cuerpo.
Sin
él, no llegaré
a la conciencia; es necesario que él acepte y comprenda su papel, no por coacción
sino por interés real.
Para
que se pueda establecer una unión es preciso que él participe consciente, voluntariamente, que encuentre esa
postura en la que pueda mantenerse libre, sin tensión.
En
ese acto de presencia de mí mismo, primero hay un momento en el que me mantengo
completamente bajo mi mirada; luego, el relajamiento al cual me ha llevado esa mirada, seguida por
el choque del
momento en el que me veo.
Para
que pueda realizarse una percepción real, un acto de conocimiento, necesito una atención tan completa, tan pareja como
sea posible.
Sólo
en ese acto de mirada total, todoabarcante, soy imparcial, no tomo partido.
Lo
más importante entonces es descubrir si soy capaz de una mirada semejante.
Cuando
mi
atención se vuelve verdaderamente activa y mi pensamiento adquiere la limpidez de esa
mirada, se produce por sí mismo un soltar, tanto en la cabeza como en el resto del cuerpo.
Cuando
el cuerpo está inmóvil, liberado de los movimientos de un gasto inútil de energía, uno experimenta la
impresión de una Presencia que no tiene ninguna necesidad de proyectarse hacia fuera.
Es
controlada por su relación con esa mirada activa.
Tengo
la impresión de que ese soltar se produce de arriba hacia abajo y de que el volumen interior cambia,
como si las
ataduras que lo confinaban en el cuerpo estallaran.
Me
acerco aquí al
sentido del relajamiento; no un relajamiento artificial, sino el que aparece a medida que comprendo
el acto de ver.
El
momento en que veo es un choque, un paro.
La
energía se vuelve libre en ese paro, libre de seguir una dirección que le es
propia.
No
la obligo a cambiar su curso; al ser libre, el curso cambia por sí mismo.
Conozco
entonces una inmovilidad, un estado sin olas, sin ondulaciones.
No
se produce ningun movimiento y sin embargo reconozco ese soltar como un acto, un acto que no depende de
mí pero que
me transforma.
Sé
lo que es esa energía, una energía que no me arrastra.
Ella
es lo que «yo soy».
Si
mi atención permanece entera, si la mirada sobre mí me ilumina completamente,
se produce como un don más profundo, una apertura y como una expansión en la región abdominal.
Ese
momento de conocimiento, esa impresión me enseña algo nuevo.
Es
un estudio que se abre y no lo puedo seguir sino paso a paso.
Uno
de los aspectos del conocimiento es ser el paso de una densidad de vibración a
otra, un movimiento de interiorización a través de la sensación.
Para
ello es preciso que haya un espacio libre de tensión que sea experimentado como «un vacío», vacío de mi yo
habitual, de
mi ego.
Uno
penetra entonces en un mundo de vibraciones más finas que percibo a través
de la sensación.
La
sensación es la percepción de esas vibraciones.
Mientras
más me siento habitar mi cuerpo, más reconozco que sin él el sentido del Ser no me tocaría.
Es
a través del cuerpo que lo siento.
Pero
no soy yo quien lo capta, es la fuerza de vida que se da a conocer.
Es
un movimiento interior muy diferente que trae consigo un soltar profundo, un soltar que también
puedo experimentar a veces ante la naturaleza.
jeanne de salzmann
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