UNA PARTÍCULA DE LA ENERGÍA MÁS ALTA
Vivimos
en dos mundos.
La
reacción de nuestras funciones a todas nuestras impresiones representa el
contacto con el mundo de abajo.
La
percepción
de la energía fina en nosotros representa el contacto con el mundo de arriba.
Estamos
tambien habitados por dos movimientos simultáneos y opuestos: uno va hacia lo exterior; el otro,
hacia lo interior.
Ciertas
células se multiplican para crear y mantener el cuerpo; otras, germinadoras, se
contraen, se concentran, conservan la energía para creaciones ulteriores.
Al
manifestar en la vida, creemos que estamos creando, pero la verdadera creación se realiza a través de
la absorción.
El
papel de nuestra Presencia consiste en relacionar estos dos mundos.
Hay
una fuerza de vida en mí que no siento, que no escucho, a la que no sirvo.
Toda
mi energía está siempre llamada hacia fuera por los pensamientos y los deseos
que sólo buscan la satisfacción de mi avidez.
Cuando
veo la inutilidad de estos movimientos, siento la necesidad de una calma mucho mayor, de
un estado de tranquilidad en el cual me despierto a una energía pura y libre.
Es
una necesidad de acceder a una densidad interior diferente, una calidad de vibraciones
diferente.
Esto,
de hecho,
es una espiritualización; el espíritu penetra la materia y la transforma.
Necesito
una sensación fuerte y muy profunda de la transición de una materia a la otra,
de un elemento al otro.
Las
sensaciones se vuelven cada vez más sutiles a medida que la atención se purifica y se concentra; ella inunda y
penetra el cuerpo para infiltrar todo lo que me rodea.
No
hay otro camino.
Para
eso, tengo que aprender a utilizar la soledad en la cual un recogimiento y una interiorización son
posibles.
Para
conocer esa sensación sutil, asumo la postura correcta y encuentro la actitud más
justa; el cuerpo y la mente se hacen uno.
Estoy
lúcido
en todo instante, completamente atento.
Un
movimiento de profundo abandono, un soltar, se produce.
Es
la puerta abierta hacia la libertad.
Aprendo
lo que es la tranquilidad y veo que sólo la lograré a través de la sensación.
Me
doy cuenta de que mi sensación se hace más fina a medida que las tensiones son reabsorbidas; ella
sólo se hace sutil y penetrante allí donde no hay tensión alguna.
Detrás
de las formas mentales hay una capa en mí mismo a la que mi consciente habitual nunca
llega.
La
siento como el vacío, lo desconocido que está vacío de mi ego, algo que no
conozco, mi esencia.
Las
vibraciones tan finas contenidas en lo que percibo como vacío sobrepasan lo que conozco de mi densidad habitual,
superan mi forma habitual de ser.
En
ese estado, mi pensamiento y sentimiento incluyen la forma.
Mi
pensamiento más inmóvil, sin palabras, es capaz de contener las palabras y las imagenes.
Mi
sentimiento, el sentimiento de mi esencia y no de mi forma, puede contener esa forma.
El
conocimiento de la verdad aparece ante mí por inclusión.
Para
ser penetrante, mi pensamiento permanece libre, sin reaccionar ni escoger, sin
nada sobre lo cual apoyarse, pero sin miedo.
Ante
la necesidad de una visión, mi ego deja de proyectar su propia energía, su forma, deseando a toda costa que su identidad
sea reconocida.
Cede
el Lugar al sentimiento de la esencia, la voluntad de ser, al querer ser lo que
soy, que no depende ni de la forma ni del tiempo.
Tengo
la impresión de una expansión que se hace más allá de los límites de mi cuerpo.
No
pierdo la sensación
de mi cuerpo y hasta tengo la impresión de contenerlo.
Hay
una
sensación de una energía muy especial.
Me
parece que es allí donde está la vida.
Mi
pensamiento está inmóvil para abarcar el todo.
Puedo
experimentar esto en la medida en que esa visión sea la necesidad de todo mí ser.
Si
me entrego a esto, esa energía podría ser el comienzo de un nuevo orden en mí.
Soy
una partícula de la energía más alta.
Me
doy cuenta de ello a través de la sensación.
Solo
se puede conocer a Dios a través de la sensación.
El
nombre de Dios es sensación pura, ardiente.
El
cuerpo es el instrumento de ésta experiencia.
jeanne de salzmann
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