domingo, 27 de septiembre de 2015

UNA ESCALA CÓSMICA

UNA ESCALA CÓSMICA

Cada hombre lleva consigo un ideal, una aspiración a algo mejor, más alto.

Puede tomar una forma u otra, pero lo que cuenta es el llamado a ese ideal, el llamado de su ser.

Escuchar ese llamado es el estado de oración.

Mientras está en ese estado, el hombre produce una energía, una emanación especial, que sólo el sentimiento religioso puede aportar.

Todas esas emanaciones se concentran en la atmósfera, justo sobre el lugar que las produce.

El aire las contiene por doquier.

Se trata de entrar en contacto con esas emanaciones.

A través de nuestro llamado, podemos crear un vínculo, como un cable telegráfico, que nos relaciona con ellas; y recoger esa energía para acumularla y dejarla que se cristalice.

Tenemos ahora la posibilidad de manifestarla, de hacer que los otros la sientan; es decir, devolverla, para ayudar.

La verdadera plegaria consiste en establecer ese contacto; alimentar y ser alimentados por esa energía especial que se llama la Gracia.

Como un ejercicio para esto, al aspirar el aire, pensamos en Cristo, en Buda o en Mahoma, conservando los elementos activos que se han acumulado.

Necesitamos comprender la idea de una escala cósmica; es decir, de un vínculo que conecta a la humanidad con una influencia más elevada.

Nuestra vida, nuestra razon de ser, sólo puede comprenderse por su relación con las fuerzas cuya escala y grandeza superan mi persona.

Estoy aquí para obedecer, para obedecer a una autoridad que reconozco como una unidad porque soy una partícula de ella.

Ella exige ser reconocida, ser servida e irradiar a través de mí.

Hay una necesidad de ponerme bajo esa influencia más alta y de relacionarme con ella al ponerme a su servicio.

No me doy cuenta en un comienzo de que mi deseo de ser es un deseo cósmico y de que mi ser necesita situarse y encontrar su lugar en un mundo de fuerzas.

Lo considero como mi propiedad subjetiva, algo que puedo usar para el beneficio de mi persona.

Mi búsqueda se organiza según la escala de esa necesidad subjetiva y considera todo a partir de ese punto de vista subjetivo: Dios y yo.

Sin embargo, en un momento dado, me doy cuenta de que la necesidad que experimento tiene un origen que no está sólo en mí.

Hay una necesidad cósmica de ese ser nuevo que yo podría llegar a ser.

La humanidad —una cierta porción de la humanidad— necesita de esto.

Y yo necesito también, con su ayuda, captar la influencia que está justo más arriba de mí.

La fuerza que encarnaba Gurdjieff era un llamado.

Sentimos que sin esa relación con una energía más alta la vida no tiene mucho sentido; pero solos, por nuestra propia cuenta, no tendremos la fuerza necesaria para obtenerla.

Tiene que crearse una cierta corriente, un cierto magnetismo, en los cuales cada uno necesita encontrar su lugar; es decir, el lugar que permita a la corriente establecerse mejor.

Toda nuestra responsabilidad está allí.

Todos los caminos tradicionales reconocen y sirven a esa meta de una manera que corresponda al desarrollo de los hombres en un lugar y un tiempo determinados.

Hoy la humanidad necesita reencontrar el contacto con esa energía.

Esa es la razón por la cual Gurdjieff aportó a Occidente la ayuda de un Cuarto Camino que no excluye nada y toma en cuenta el desarrollo de las diferentes funciones en los hombres contemporáneos.

Ese camino no es nuevo.

Ha existido siempre, aunque en un círculo restringido.

Hoy en día puede renovar el vínculo que se está debilitando entre dos niveles en el cosmos.

Esto exige un gran trabajo.

Primero se conforman los núcleos, los centros de trabajo donde se busca vivir el camino, las ideas, con los otros.

La experiencia avanza con altos y bajos, con una responsabilidad más o menos asumida, donde todo el trabajo consiste en un juego de fuerzas de donde puede salir una liberación.


Pero todavía incluye un número limitado de personas y esa fuerza necesita ser sentida en una escala mucho mayor de la humanidad para aportar una dirección a los hombres.

jeanne de salzmann

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