UNA ESCALA CÓSMICA
Cada
hombre lleva consigo un ideal, una aspiración a algo mejor, más alto.
Puede
tomar una forma u otra, pero lo que cuenta es el llamado a ese ideal, el
llamado de su ser.
Escuchar
ese llamado es el estado de oración.
Mientras
está en ese estado, el hombre produce una energía, una emanación especial, que
sólo el sentimiento religioso puede aportar.
Todas
esas emanaciones se concentran en la atmósfera, justo sobre el lugar que las produce.
El
aire las contiene por doquier.
Se
trata de entrar en contacto con esas emanaciones.
A
través
de nuestro llamado, podemos crear un vínculo, como un cable telegráfico, que nos
relaciona con ellas; y recoger esa energía para acumularla y dejarla que se cristalice.
Tenemos
ahora la posibilidad de manifestarla, de hacer que los otros la sientan; es decir, devolverla,
para
ayudar.
La
verdadera plegaria consiste en establecer ese contacto; alimentar y ser
alimentados por esa energía especial que se llama la Gracia.
Como
un ejercicio para esto, al aspirar el aire, pensamos en Cristo, en Buda o en Mahoma, conservando los
elementos activos que se han acumulado.
Necesitamos
comprender la idea de una escala cósmica; es decir, de un vínculo que conecta
a la humanidad con una influencia más elevada.
Nuestra
vida, nuestra razon de ser, sólo puede comprenderse por su relación con las
fuerzas cuya escala y grandeza superan mi persona.
Estoy
aquí para obedecer, para obedecer a una autoridad que reconozco como una unidad
porque soy una partícula de ella.
Ella
exige
ser reconocida, ser servida e irradiar a través de mí.
Hay
una necesidad
de ponerme bajo esa influencia más alta y de relacionarme con ella al ponerme a
su servicio.
No
me doy cuenta en un comienzo de que mi deseo de ser es un deseo cósmico y de que mi ser necesita situarse y encontrar su
lugar en un mundo de fuerzas.
Lo
considero como
mi propiedad subjetiva, algo que puedo usar para el beneficio de mi persona.
Mi
búsqueda se organiza según la escala de esa necesidad subjetiva y considera
todo a partir de ese punto de vista subjetivo: Dios y yo.
Sin
embargo, en un momento dado, me doy cuenta de que la necesidad que experimento tiene un origen que no
está sólo en
mí.
Hay
una necesidad cósmica de ese ser nuevo que yo podría llegar a ser.
La
humanidad —una cierta porción de la humanidad— necesita de esto.
Y
yo necesito también, con su ayuda, captar la influencia que está justo más
arriba de mí.
La
fuerza que encarnaba Gurdjieff era un llamado.
Sentimos
que sin esa relación con una energía más alta la vida no tiene mucho sentido; pero solos, por
nuestra propia cuenta, no tendremos la fuerza necesaria para obtenerla.
Tiene
que crearse una cierta corriente, un cierto magnetismo, en los cuales cada uno necesita
encontrar su lugar; es decir, el lugar que permita a la corriente establecerse mejor.
Toda
nuestra
responsabilidad está allí.
Todos
los caminos tradicionales reconocen y sirven a esa meta de una manera que corresponda al desarrollo de los hombres en
un lugar y un tiempo determinados.
Hoy
la humanidad necesita reencontrar el contacto con esa energía.
Esa
es la razón por la cual Gurdjieff aportó a Occidente la ayuda de un Cuarto Camino que
no excluye nada y toma en cuenta el desarrollo de las diferentes funciones en los hombres
contemporáneos.
Ese
camino no es nuevo.
Ha
existido siempre, aunque en un círculo restringido.
Hoy
en día puede renovar el vínculo que se está debilitando entre dos niveles
en el cosmos.
Esto
exige un gran trabajo.
Primero se conforman los
núcleos, los centros de trabajo donde se busca vivir el camino, las ideas, con los otros.
La
experiencia avanza con altos y bajos, con una responsabilidad más o menos asumida, donde todo el trabajo consiste
en un juego de fuerzas de donde puede salir una liberación.
Pero
todavía incluye un número limitado de personas y esa fuerza necesita ser sentida en una escala mucho
mayor de la humanidad para aportar una dirección a los hombres.
jeanne de salzmann
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