lunes, 28 de septiembre de 2015

LLEGAR A SER UN RECEPTÁCULO

LLEGAR A SER UN RECEPTÁCULO

Mi atención no es libre.
        
No tiene una dirección consciente.

Estoy frente a esto y porque lo siento, siento la necesidad de abrirme, y porque la veo, mi cuerpo se abre.

Mi pensamiento permanece abierto a ella.

Es un movimiento de acercamiento.

Mi atención se intensifica.

Dejo que el movimiento gane fuerza.

Súbitamente siento que una energía nueva ha aparecido en mí; proviene de mucho más arriba y me atraviesa.

Siento que soy el instrumento a través del cual ella puede actuar.

Sin embargo, yo no la dejo actuar.

Estoy demasiado tenso y quiero actuar por mí mismo.

Quiero superar la prisión de mi yo ordinario; saberme animado por la fuerza de vida en mi que es única.

Para que ella pueda actuar, todas mis partes, todos mis centros de energía, tendrían que tener una sola meta: la de cooperar para alcanzar la unidad con esa corriente que viene de los centros superiores.

Toda la energía en mí está como contenida en un circuito cerrado.

No cerrado por un esfuerzo impuesto, sino cerrado en un todo por esa relación de las diversas partes de mí mismo.

Necesito llegar a ser un receptáculo, después de conocer los canales a través de los cuales pasa esa vida en mí.

Para que las fuerzas de arriba puedan ser absorbidas e influenciar una sustancia más espesa, más densa, se requiere de un circuito nuevo, de otro voltaje, capaz de electrificar la totalidad.

Esto exige una corriente de sentimiento más pura en la cual no entre la materia de mis emociones subjetivas habituales; un estado de atención intensa que solo aparece cuando sinceramente veo que no sé nada.

El hecho de reconocer que no veo nada, y de aparecer para ver, hace más lento mi automatismo y por un segundo veo lo que él me esconde y lo veo a él mismo.

Veo el círculo subjetivo en el cual mis pensamientos y mis emociones dan vueltas, y veo más allá.

Me siento el centro de un doble movimiento.

Un movimiento de unificación que es como una vía de acceso a una fuerza más pura; y un movimiento de soltar en el cual esa fuerza puede ser absorbida.
        
Esos dos movimientos se completan el uno al otro.

Es la fluidez de la vida.

En un momento de tranquilidad y de recogimiento todavía mayor, la vida hace que yo sienta su acción en mí.

Percibo, a través de mi sensación, vibraciones de otra calidad.

Penetro en el mundo de las sustancias finas.

Eso crea una especie de campo magnético que refleja la energía de donde proviene una conciencia más alta.

Es, sobre todo, un aporte de energía de un orden emocional diferente.

Para reconocer la verdad de esa Presencia inmaterial que está en mí, necesito estar disponible para ella de una manera completa, total.

Siento que esa es hoy día mi utilidad, mi razón de ser.

Para eso busco comprender mejor el estado en el cual yo pueda estar completamente pasivo y, sin embargo, muy despierto.

Tengo que encontrar un equilibrio entre esa intensidad de presencia y esa relajación cada vez mayor, como si sintiera vivir en mí otro cuerpo.

Para estar despierto a él, para tomar conciencia de él, necesito una postura recta, una actitud justa; mantenido y afincado en mi centro de gravedad interior que me sostenga y me mantenga en equilibrio.

Hay que abrirse a ese centro de gravedad, al centro vital, el lugar donde se hace el contacto con la fuerza de vida; sentir allí el centro de nuestras fuerzas, la fuente de donde ellas surgen y adonde ellas regresan de manera completamente natural.

Cuando permito que la energía descienda y se acumule en el abdomen, conservo la sensación libre de mi Presencia.

Mientras que cuando dejo que se acumule en el plexo o en la cabeza atento contra su libre y plena expansión.

Mi centro de gravedad es el punto central entre un movimiento descendente y un movimiento ascendente.

No es ni el corazón ni la cabeza, pero les da tal libertad que permite una fusión con los centros superiores.

Una postura justa exige también una respiración justa, y un tono muscular justo en el cual la energía pueda circular sin obstáculos por los canales que le son propios.

Cuando hay un equilibrio entre la tensión y el movimiento de soltar, tengo la impresión de que la fuerza circula por canales que no conozco.


Pero siento que el movimiento de recogimiento es dirigido por una especie de respiración que es como la conjunción de esos movimientos de energía que vienen a fundirse y disolverse en el cuerpo.

jeanne de salzmann

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