LA VIDA ESTÁ EN MI
Empezamos
a darnos cuenta de que, efectivamente, no mantenemos nada bajo nuestra
mirada, bajo nuestra atención.
Yo
estoy aquí, atento
a mí mismo.
No
me percibo enteramente como un todo.
Me
siento
llamado a sentir una parte de mí más que otra y no tengo una sensación completa de
todo lo que está aquí, una sensación que sea igual en todas partes.
La
característica del pensamiento voluntario es fijarse en algo para conocerlo.
Pero no puedo aún tener un objeto bajo mi mirada, verlo
verdaderamente.
El acto de ver es difícil de comprender.
La sensación que recibo a través de mis órganos de los
sentidos me permite saber que estoy aquí, pero esas son
sensaciones mecánicas.
Las
recibo y respondo a ellas sin saber cómo.
La
conciencia que tengo de las sensaciones es muy pobre, fugaz; el conocimiento que me aportan no llega muy
lejos.
No sé qué valor darles y puedo engañarme completamente
sobre su sentido, porque no las mantengo bajo mi mirada.
Al
comienzo, la sensación es casi el único instrumento para el conocimiento de sí.
Ella
da el poder de controlar muchas cosas y de repetir experiencias que uno puede entonces identificar.
Eso
crea un mundo
interior.
Más
tarde, la conciencia deberá interiorizarse más.
Pero
el impulso de mirar al fondo de sí es una etapa indispensable en la evolución
de la conciencia.
Nada
es cierto, nada es puro, sin esto.
Necesito
oír en mí la vibración de una energía aún no degradada.
Es
necesario que el movimiento de mis centros se armonice con ella, escuche su resonancia.
Eso
es lo que se hace leyendo textos, repitiendo palabras sagradas, orando, meditando.
Pero necesito comprender lo que tengo que
hacer sin ir más allá de mi comprensión.
Mi
comunión con
la dificultad me volverá libre por el conocimiento.
Entonces,
escucho
con mi propia sustancia las vibraciones de una energía desconocida en mí.
Veo
que jamás permito que una experiencia se realice en mí.
Resisto siempre a la
experiencia plena.
Porque
quiero conducirla.
No
tengo confianza en la experiencia, sólo tengo confianza en mí.
Por
eso
la experiencia no me transforma.
Cuando
comienzo a percibir que hay en mí una Presencia sutil, la siento como una Presencia viviente que
pide hacer sentir su acción.
Pero
la acción no es profundamente experimentada porque una pared me separa de ella.
Es
el muro de mis tensiones, es decir, de mis reacciones mentales.
Lo
desconocido de esa Presencia me aporta sugerencias, impresiones, que dan un choque a la mente.
La
mente reacciona presentando una forma, y con esa reacción brota la noción de
egoísmo, de yo.
No
el yo que está detrás, el único que tiene inteligencia, sino un yo limitado que cree afirmarse en esa reacción, mi ego.
Ese
muro de tensiones es el muro de mi ego.
Cada vez más experimento la necesidad de ciertas
impresiones.
Esa
necesidad es muy fuerte, me parece que no podría vivir sin esas impresiones.
En
efecto, no podría participar de una cierta vida sin ellas.
Eso
es tan fuerte que, por no recibirlas, me pongo a buscar afuera y a esperar de afuera
el choque que no me doy a mí mismo.
Sin
embargo,
la vida está en mí, pero sus vibraciones no me alcanzan; son finas, demasiado
sutiles para lo que soy ahora.
Mi
propio deseo de absorberlas, de dejarme penetrar, crea una dualidad.
La
energía está
detenida en la tensión que proviene de esa dualidad.
En
esa tensión
no puedo tomar conciencia de la naturaleza de la energía.
Su
vibración
no me alcanza.
Siento
mi incapacidad de ser transformado por la energía y siento mi rechazo.
En
mi tensión, siento mi rechazo.
La
vida está allí, muy cerca, pero mi yo está todavía cerrado, replegado sobre sí mismo.
jeanne de salzmann
No hay comentarios:
Publicar un comentario