¿QUIÉN SOY YO?
¿Quién
soy yo?
La
pregunta resuena en mí como un llamado de Lo Alto, de un lugar más alto que lo que ordinariamente actúa
en mí.
Lo
oigo mal y quiero escucharlo, pero no solamente con lo que está más o menos
disponible en ese momento...: mi cabeza, mis sentidos ordinarios.
Quiero
oírlo con todo mí ser.
Yo
lo quiero.
Lo
quiero porque sólo mi querer lo puede hacer.
Esto
se vuelve serio para mí.
Deseo
abrirme
para hacerle un lugar y reconocer la Presencia de una vida, de una
fuerza ante la cual debo inclinarme.
Debo
sentirme animado por ella hasta que la sensación de mi cuerpo, de su forma, sea menos fuerte que la conciencia
de esa fuerza que siento vibrar en todo mi ser.
Habitualmente,
limito mi yo al cuerpo.
Hay
el dentro y el fuera, el sujeto y el objeto.
Veo
mi cuerpo y las cosas a mí alrededor separadamente.
Pero
no veo esa fuerza en mi cuerpo, esa fuerza que crea mi cuerpo y las cosas a
mí alrededor.
Sin
embargo, soy esa fuerza, esa forma y esa conciencia a la vez.
La
conciencia une todo en un solo Ser, la conciencia «Yo Soy».
Es
el único Ser, el Ser eterno.
El
que
ve no está fuera de la conciencia; él no se ve a sí mismo.
Él
Es. Ser
es realizar «Yo Soy».
Me
entrego a esa realización.
Sólo
existe esa apertura y nada más.
Me
entrego a ello; ahora y todo el tiempo: «Yo Soy».
No
hay un solo momento
en el que yo no sea.
Debo
someterme a esa realidad y, sea que ella se me aparezca o no, estoy siempre listo para realizarla.
Esto
me
prepara para penetrar mi verdadera naturaleza.
Hace
falta una sumisión
incondicional a algo cuya grandeza reconozco.
No
basta querer que el Si Mismo se me revele porque lo deseo.
Eso
significaría que yo lo mando, que me siento como más importante que él.
Debo
aguardar
su voluntad.
Debo
tener fe en él; no una fe ciega, sino consciente.
Mi
única razón de ser es la de reconocerlo.
¿Quién soy yo?
Esa
pregunta resuena en mi Presencia como si desde una fuente central un poder extraordinario hiciera
sentir su existencia.
Es
como si se creara una corriente subyacente, que me aporta la experiencia de una
vida nueva.
Siento
que necesito tomar conciencia de ese poder, de armonizarme con esa fuente para relacionarme con ella y obedecerla.
Es
como la exigencia de una purificación constante.
El
deseo de conciencia es el centro de atracción hacia el cual convergen los rayos de mi
atención.
De
todas las partes de mí mismo mi atención se activa para concentrarse en esa vibración central.
Cuando mi pensamiento y mi
sentimiento se armonizan con ella, un conocimiento diferente de mí mismo me es revelado.
Experimento
mi pregunta de modo distinto.
En
la experiencia de conocer lo que ocurre
es un movimiento directo, como una corriente
eléctrica.
Es
una experiencia de ser porque en ese momento conozco mi estado de ser.
jeanne de salzmann
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