LAS ETAPAS DEL
TRABAJO
La
inmovilidad es nuestra naturaleza esencial.
Es
la mayor fuerza de vida.
A
partir de ella, todos los movimientos son posibles.
Sólo
somos
una energía en movimiento, un movimiento que nunca se detiene.
Si
nuestras funciones pueden estar en reposo durante uno, dos o tres segundos, ese
es un descubrimiento esencial, un conocimiento de sí.
Es
la transformación de la energía lo que hace que cambie nuestro ser.
Es
un trabajo prolongado que implica varias etapas.
Primero,
hay un
estado de observación, un estado de «vigilia crítica», que equivale a una toma de conciencia
interior, una fuerza que transforma: es darse cuenta de una actitud falsa.
Esa
fuerza viene de la conciencia interior del cuerpo, no de la representación mental.
Es
el desarrollo de una sensibilidad segura que muestra todas las faltas de un equilibrio afianzado sobre un solo
centro.
La
etapa siguiente es la del soltar lo que nos tiene tomados, un estado de «confianza» donde se
percibe lo falso.
Al
ser percibido, el impulso de soltar lo que nos bloquea ya está allí; se trata de disolver una
cristalización.
Es
lo contrario de «querer hacer».
Abandonamos
ese estado de conciencia que transforma todo en objeto.
Eso
quiere decir aceptar, dejar que se haga, sin ocuparnos de nuestras representaciones.
El
predominio del Yo se manifiesta en el cuerpo.
En
la respiración, el acento pasa de la inspiración a la espiración.
La
tercera etapa está marcada por la toma de conciencia del Ser esencial.
Cuando
la forma del Yo llega a ser permeable, todo lo que estaba endurecido se
encuentra disuelto y refundido para la formación del segundo cuerpo.
Le
sigue una confianza en lo esencial.
Es
una nueva
etapa en la que se admite el fondo sin clasificar, sin nombrar.
Esto
requiere el valor de soportar ese momento cuando ya no comprendo, es decir, estar
bajo la radiación del Ser y quedarse allí, arriesgando, una y otra vez,
las actitudes y creencias bien establecidas.
En
esa transformación, no se trata de cómo producir un estado más abierto, sino de cómo
permitirlo.
La
energía está allí.
No
se trata de que
yo la haga pasar, sino de dejarla pasar.
Si
no me someto a la acción, la acción no se realizará.
De
hecho, cuanto más se esfuerza uno, más estrecho se hace el pasaje, nada pasa.
Las
dos fuerzas están presentes y siempre están en nosotros: una fuerza activa, una fuerza pasiva.
Lo
que siempre quiere, mi cabeza, necesita quedarse pasivo.
Entonces, la atención es
activa.
Aparece
un sentimiento, un sentimiento que transforma todo, porque permite una
relación.
En
lo que soy hay una Presencia pura, un pensamiento puro.
Está
compuesta
de innumerables olas, pero en su naturaleza es pura, vasta, sin límites.
Se
basta a sí misma.
Las
olas sólo son olas, no son la energía en sí.
Soy
yo quien produce las olas.
Si
no hago nada para detenerlas, se detienen por sí mismas y no me molestan más.
Se
tranquilizan
y siento la naturaleza pura de mi pensamiento, de mi mente.
Las
olas
son lo mismo que la energía, pero las tomó por algo que no son.
La
energía siempre tiene olas, siempre un movimiento. Pero la ola, el movimiento, y la energía
son la misma cosa.
Lo
importante es conocer la energía misma, pura.
Si
estuviera verdaderamente presente no habría en mí ni olas ni movimientos.
jeanne de salzmann
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