UNA POSTURA CONSCIENTE
La
sensación es lo más esencial en el camino de la conciencia.
Aprendo
a tener una sensación consciente.
Cada
uno de nosotros quiere saber quién es.
Cada
uno se consigue con la dificultad.
Llego
a un poco más de calma y de silencio, y apenas me levanto para responder a la vida, soy el mismo de
antes.
Nada
ha cambiado y quien responde no soy yo.
Algo
en mi sentimiento de mí mismo no ha sido sacudido.
Nunca
tengo el sentimiento de estar en la raíz de mí mismo, de tocar mi esencia.
Nunca
soy enteramente tocado.
Siempre
hay rincones ocultos que se rehúsan.
Mi
cuerpo es el primero en rehusar.
No
sabe nada de mi deseo y vive su propia vida.
Sin
embargo, él puede prestarse a un conocimiento.
Es
el receptáculo, el vehículo de una energía.
Si
observamos en
nosotros mismos, veremos que la energía está muy concentrada en la cabeza o en el
plexo.
Quizás
un poco en la columna vertebral, pero nada en comparación con los otros dos centros.
Finalmente,
casi nada
en la parte baja del cuerpo, como si el cuerpo no tuviera real importancia.
Sin
embargo, es en él y a través de él que la energía puede actuar.
Siento
que esa energía comienza a aparecer.
Para
que ella pueda verdaderamente actuar a través de mí necesito ver bien mi automatismo y sentir que si
éste se vuelve más fuerte que el movimiento consciente, la energía regresa a su nivel inferior y soy
tomado de nuevo.
La
posición del cuerpo es muy importante.
Mi
postura automática retiene mi energía y condiciona mis movimientos emocionales e intelectuales.
Necesito
verlo, vivirlo, para que aparezca un sentimiento consciente de sufrimiento que
me pida una nueva postura, una postura consciente que como un campo electromagnético permita
la acción de
esa energía sobre el cuerpo.
La
posicion, pues, debe ser precisa; pide una cooperación estrecha y continua entre mi
pensamiento, mi sentimiento y mi cuerpo.
Necesito
sentir una holgura, un bienestar y una especie de estabilidad.
La
posición en sí misma permite poner a la mente en un estado de disponibilidad total, vaciándola
naturalmente de la agitación de los pensamientos.
En
una postura justa, todos mis centros se reúnen y se relacionan.
Encuentro
un equilibrio, un orden en el que mi yo ya no es el amo sino donde él encuentra su lugar.
Mi
pensamiento
es más libre y mi sentimiento también, es más puro, menos egoísta, menos ávido.
Él
respeta algo.
Cuando me permito abrirme a esa energía, hay una
concentración sin juicio, sin conclusión, y mi atención se mantiene allí
pacientemente sin esfuerzo y penetra silenciosamente más allá de
lo que me es conocido.
Es
como una dilatación interior, una expansión.
Siento
una
unidad más grande entre mi cuerpo y lo que lo anima.
Mi
verdadero
centro vital se ha establecido por sí mismo, un centro de gravedad.
Ya
no hay contradicción en mí, ni rechazo.
He
encontrado en mí ese centro primordial de energía y he superado la dualidad entre mi cuerpo y mi psiquismo.
Mientras
más realizo la experiencia de ese estado, más tocada es mi esencia.
Pero
apenas pierdo el contacto con ese centro de gravedad, la energía refluye hacia
la cabeza o el plexo, y vuelve la falsa noción de un yo.
Creo
que ese contacto es fácil de mantener.
Pero
hasta la idea de mantener es falsa.
Ese
centro de gravedad debe volverse como una segunda naturaleza.
Es
mi medida y mi guía.
En
todo lo que hago debo sentir su peso.
De
otro modo, no es posible una apertura a los centros superiores.
Cuando
realizo la experiencia de ser una Presencia viviente, consciente de sí misma,
siento que esa Presencia respira.
La
libertad de ese
centro de gravedad depende de la libertad de la respiración, y si dejo que la
respiración se haga sin intervenir, otra realidad aparece.
Necesito
ver que ese es mi alimento esencial y buscar, lo más a menudo posible, ese
estado.
jeanne de salzmann
No hay comentarios:
Publicar un comentario