sábado, 26 de septiembre de 2015

TENGO UNA CONFIANZA CIEGA EN MIS EMOCIONES

TENGO UNA CONFIANZA CIEGA
EN MIS EMOCIONES

Al afrontar la vida, es la fuerza del yo ordinario la que me empuja.

Su posibilidad de existir depende del mundo que lo rodea.

Tiene un miedo profundo de no ser nada y tiene miedo de que le falte la seguridad, de que le falte el poder y el poseer.

Es susceptible, siempre ávido de reconocimiento; se descorazona facilmente, está en rebelión contra los otros y lleno de lastima de sí mismo.

Hay un miedo que forma parte de mi presencia casi constantemente.

No es un miedo especifico, sino un miedo generalizado, el miedo de una inseguridad, de no ser capaz o algo por el estilo.

Y la avidez siempre esta allí.

Quiero obtener, quiero cambiar, quiero llegar a ser algo.

La negatividad es mi estado emocional habitual.

Las cosas me afectan siempre en relación con mi amor propio, con lo que me gusta o no me gusta, con lo que quiero o no quiero.

Hay un encierro perpetuo en el cual me endurezco, estoy preso en un ego que grita «yo».

El todo, el ser, está olvidado.

Al mismo tiempo hay una necesidad de dar, de amar.

Pero no puedo amar fuera de la conciencia.

El amor es una cualidad de la conciencia.

Si quiero conocer lo que «es», debo darme cuenta de que ni la palabra ni la emoción que la acompaña son una percepción de la realidad.

La palabra no es el hecho, la emoción no es el hecho.

Los dos son la reacción de mi condicionamiento a todo lo que me impresiona.

Pero tengo una confianza ciega en mis emociones.

Nunca las pongo en duda.

Creo que son la expresión de una visión pura, y no veo que sean la expresión de un condicionamiento implacable.

Y por eso no veo la absoluta necesidad de observar esas emociones, es decir, de mantenerme delante de ellas sin reaccionar, sin piedad frente a mi deseo de reaccionar —con la necesidad de conocer manteniéndose como lo más fuerte— sin excusarlas, sin rechazarlas, viviendo con ellas, con un pensamiento agudo y preciso sin descanso, un pensamiento que no flaquea ni se desvía.

De esa manera podré llegar quizás a estar libre de su influencia, a ver su sentido y su proyección y a ser capaz, en ese momento, de entrar en la inteligencia del silencio, que es la única donde puede darse la comprensión.

Para entrar en esa búsqueda, observaré una emoción que por lo general ocupa la mayor parte de mi atención: por ejemplo, la envidia o esa rabia mía contra los demás que siempre evito mirar.

Pero si quiero ver esas emociones, no debo evitarlas.

Debo vivir con ellas, momento tras momento.

Estoy totalmente atento, atento con todas las diferentes partes de mi Presencia a los movimientos de mis emociones.

La energía es pura.

No tiene ningun propósito de ambición subjetiva.

Siente la necesidad de permanecer pura para ver.

Es una energía de arriba más poderosa y más inteligente que el nivel de las emociones que me agitan.

Solo a través de ese trabajo mediré la fuerza de mi apego.

Necesito experimentar lo que retiene mi pensamiento y mis emociones en cierto nivel, los contactos repetidos con cierto orden de ideas a los cuales el pensamiento se somete.

Necesito ver la hipnosis de ese contacto.

Para aspirar a otros contactos, a otras impresiones, trato de soltarme de ese contacto dejando que todos mis aparatos de percepción se vuelvan más sensibles a la atracción de una energía que pertenece a un nivel más enrarecido.


Los contactos más frecuentes con esa energía nos traen nuevas posibilidades.

jeanne de salzmann

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