APARECE UNA
ENERGÍA MÁS INTENSA
La
energía proveniente de los centros superiores está siempre aquí, y yo estoy menos o más
abierto a ella.
Las
funciones, mi cuerpo, siempre están aquí y gastan constantemente la energía.
Son
dos mundos diferentes,
dos niveles de vida, pero entre los dos no hay nada.
La
cabeza
dice «si»; el cuerpo dice «no».
Sin
embargo, dos fuerzas opuestas no llevan a un estado consciente, un estado en el cual no haya contradicción.
Hace
falta un tercer termino, un término capaz de situar lo que dice «si» y lo que
dice «no» en un todo que vaya más allá de su sola existencia.
Hay
un movimiento de Presencia, un cambio, que debo valorar.
Veo
que cuando la atención de la cabeza se vuelve hacia el cuerpo, el cuerpo también está
atento.
El
movimiento de mi pensamiento ha cambiado un poco, también el del cuerpo.
Al
mismo tiempo, hay un interés, un sentimiento que se despierta en mí.
Pero
veo que es débil, que cada parte tiene una tendencia a separarse para volver a su
movimiento habitual.
Siento
en mí esas dos fuerzas: el «si» y el «no».
Esa
dualidad está siempre aquí, pero yo no la comprendo porque no puedo quedarme delante de
ella y acepto estar separado de ella.
Cuando ese movimiento de
relación, de unificación, se interrumpe, no puedo resistir a mis
movimientos automáticos y mi atención se vuelve pasiva, está tomada.
Sufro,
pero si ese sufrimiento no sirve a nada, no me ayuda.
Para
que haya una relación entre mi pensamiento y mi sensación, el cuerpo necesita ser
tocado por un pensamiento que viene de otro nivel, de una parte portadora de una energía más sutil,
más pura.
Mi
cuerpo
siente ese movimiento de energía.
Comprende
que él no puede recibirla en su estado pasivo y siente la necesidad de abrirse, de abandonar todas sus
tensiones.
Desde
que el pensamiento y el cuerpo se vuelven uno hacia el otro, la velocidad de sus vibraciones
cambia.
El
cuerpo se libera para dejar pasar la energía del pensamiento.
Los
dos deben
tener la misma fuerza.
Eso
es lo más importante.
Lo
busco, observo.
Me
quedo muy tranquilo para que la fuerza pueda pasar.
Me
quedo
delante hasta que la energía este allí y sea suficientemente fuerte para durar.
Si
mi mirada permanece muy clara, y si la fuerza es la misma en el pensamiento y
en el cuerpo, bajo esa mirada se establece un intercambio; una energía más intensa, de una velocidad
que no conocía,
aparece y se instala en mí.
Tiene
una calidad nueva, una intensidad nueva.
Necesito
respetar ese movimiento, someterme a él.
Mi
cuerpo
se abre a él; mi pensamiento se abre a él: la misma fuerza, el mismo respeto.
Esa
relación del pensamiento y el cuerpo me exige una atención muy fuerte que permite
una transformación de la energía.
Cuando
aparece
una fuerza que viene de un poco más arriba de la cabeza, necesito entregarme a ella.
Veo
que toda la dificultad esta ahí.
No
me entrego
a ella.
Necesito
ver mi resistencia y sufrirla, ver que es el ego el que resiste y que él
necesita ceder su lugar.
Es
lo que se llama morir a sí mismo.
Hay
entonces un regalo, una relación completa que permite que esa fuerza actúe.
jeanne de salzmann
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