EL CUERPO NECESITA
ABRIRSE
En
el movimiento de apertura hay un límite que no se supera.
Para
ir
más allá hace falta morir a sí mismo para nacer de nuevo; es decir, morir a un nivel de ser
para resucitar a otro.
Lo
que tiene que cumplirse y que siempre queda a medio camino es la relación completa entre los centros.
Esta
relación exige una apertura a una fuerza superior, a una energía que viene de
una parte superior del cerebro.
De
otra manera, no puede durar.
Esa
apertura es lo más difícil, porque yo no quiero abrirme.
Si
no me abro, hay una intensidad que no se alcanza.
Para
que la fuerza superior pueda unirse con el cuerpo, este debe abrirse completamente a
esa fuerza.
Siento
un movimiento desde el cerebro que desciende hacia el cuerpo.
Ese
movimiento viene de arriba.
Para
sentirlo, mi atención debe estar muy activa, completamente vuelta hacia ese
movimiento, y no debe perder su grado de actividad.
Lo
que es importante es la actitud justa ante esa energía.
Hay
que sentir
la necesidad de entregarse a ella conscientemente para que ella pueda
actuar.
Entonces
aparece un sentimiento y se produce una energía nueva que atraviesa mi cuerpo.
Soy
tocado por la calidad de esa energía.
Ella
tiene una intensidad, una inteligencia, una rapidez de vibración, una visión
que no conocía en mi estado habitual.
Siento
que estoy libre, que no estoy tomado.
Esto
exige de mí algo completamente nuevo.
Lo
que soy, esa atención activa, necesita encontrar su lugar entre dos niveles a fin de que esa energía pueda durar.
Estoy
abierto a esa fuerza, y al mismo tiempo necesito actuar sobre el nivel de la Vida a través de mi
automatismo.
Sin
mí (sin mí aquí), esto no se hará.
Se
requiere una atención que permanezca continuamente consciente de ambos, tanto de esa energía más alta como del cuerpo,
del movimiento que lo hace vivir.
Estoy
habitado
por dos movimientos de energía al mismo tiempo.
Si
pierdo uno
de ellos ya no actúo en este mundo.
Si
pierdo el otro, soy tomado por mis reacciones, por mi automatismo.
Tengo
que aprender a ponerme en marcha y al mismo tiempo a recibir impresiones sin
dejar de
estar abierto a esa energía de arriba.
Comienzo
a ver lo que suelo llamar yo y a reconocer que no soy nada por mí mismo.
En
el seno de esa humildad hay un sentimiento que viene de las partes superiores de mí mismo; aparece
como una luz,
como una inteligencia, y con ella una confianza.
Veo
que quería cambiar
algo que no me corresponde cambiar.
Ahora
puedo servir.
Ya
no intervengo y un silencio surge por sí mismo.
En
ese silencio, una energía desconocida se me revela, actúa sobre mí.
La
conciencia está
allí.
Ella
no necesita de un objeto.
Aunque
me permite saber de mi cuerpo, a través de sus percepciones, es la luz de la conciencia la que es percibida.
Puedo
dejarla que me revele lo que soy y lo que son las cosas a mí alrededor.
Cuando
siento allí una energía pura y sin límites, veo que ella se basta a sí misma.
Pero
esa energía está en movimiento.
Ella
tiene sus olas y está siempre en movimiento.
Las
olas, los
movimientos y la energía son una misma cosa.
Y
sin embargo la ola es el movimiento, no la energía misma.
Lo
que es importante es comprender la energía misma, la energía pura.
jeanne de salzmann
No hay comentarios:
Publicar un comentario