YO NO SÉ
En mi intento de ver la realidad en mí mismo, tal vez
pueda llegar a la puerta de la percepción.
Pero ella no se abrirá, la verdad no será revelada,
mientras me aferre a lo que conozco.
Necesito tener las manos vacías para abordar lo
desconocido.
Al principio no puedo afirmar quién soy, que
soy distinto de mi yo ordinario.
Todo lo que puedo hacer es ver lo que es falso, distinguirme
de ese yo.
Veo que no soy mis asociaciones, que no soy mis
emociones, ni tampoco soy mis sensaciones.
Entonces surge la pregunta: ¿quien soy yo?
Necesito escucharme, me callo, movilizo toda mi
atención.
Llego a un estado más equilibrado.
¿Soy eso solamente?
No, pero la dirección es buena: de estar disperso,
voy hacia la unidad.
Mi búsqueda puede continuar.
Veo que la energía del pensar, movido por todos los
pensamientos que lo toman, no tiene ni fuerza, ni tranquilidad, ni
dirección.
Para ir a la fuente de mí mismo la energía debe reunirse y
concentrarse en una sola pregunta: “¿Quién soy yo?”
Aprendo a no desviarme de esto.
Todo lo que sé no me puede aportar una respuesta a esa
pregunta.
No se quien soy.
Lo desconocido, lo misterioso, no puede ser captado por el saber.
Al contrario, lo que sé, lo que he aprendido, me impide descubrir lo que es.
Todo el proceso de mi pensar, el condicionamiento de lo conocido,
me encierra en el campo de lo mental y me impide ir más lejos.
Encuentro placer en este condicionamiento, una seguridad,
e inconscientemente me aferro a él.
No puedo enfrentar lo desconocido, lo experimento como un
vacío que debe ser llenado.
Tengo una tendencia constante a llenarlo de respuestas
que proyectan sobre la pantalla de mi mente una imagen falsa.
Temo no encontrarme.
Y para no soportar la incertidumbre, para evitar la
insatisfacción, que por cierto me devolvería hacia mi mismo, dejo que se afirme
algo falso.
Y sin embargo, necesito esa incertidumbre, esa
insatisfacción, como una indicación de mi sentimiento que me muestra el
camino.
Me muestra la necesidad de ser más sensible a lo único en
mí de lo que me aparto: aceptar el vacio.
Acercarme a lo desconocido significaría llegar a la
puerta de la percepción y ser capaz de abrirla y de ver.
Pero no puedo ver nada mientras esté tomado por la palabra,
poniéndole un nombre a algo que creo reconocer.
Las palabras crean el límite, la barrera.
Para entrar a lo desconocido, la mente debe ver
la limitación de la palabra como un hecho, sin juzgarla buena o mala
ni someterme a su influencia.
¿Puedo verme sin imponer un nombre sobre lo que veo?
Estoy en la puerta de la percepción con una atención que
no se desvía.
Aprendo a escuchar lo desconocido en mí mismo.
No sé y escucho, rechazo toda respuesta conocida.
Instante tras instante, reconozco que no sé y escucho.
El acto mismo de escuchar es una liberación.
Es una acción que no huye del presente y, al conocer el
presente tal como es, hay allí una transformación.
Voy hacia lo desconocido hasta el momento en que
ningún pensamiento agita mi mente, donde no hay nada exterior a mí
mismo.
No se quién soy.
No se de dónde vengo, no se adonde voy.
Dudo de mi saber y no tengo nada en qué apoyarme.
Todo lo que quiero es comprender lo que soy.
Sin palabras, sin forma, el cuerpo y su
densidad parecen entonces desaparecer.
Me vuelvo como trasparente a mi mismo.
Allí sólo hay un sitio para una pureza, una calidad tan
ligera como el aire.
Siento que en la búsqueda de mi mismo, y sólo en esa
búsqueda, está mi liberación.
jeanne de salzmann
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