LA SOLEDAD INTERIOR
Nuestro
yo ordinario tiene sed de continuidad.
Nuestra
mente nunca
está inmóvil.
No
nos atrevemos a quedarnos sin pensar, sin hacer nada, frente a una soledad que nos aterra.
Tenemos
miedo de permanecer solos porque tememos no ser, no tener experiencias.
Nuestra
vida
es una continuidad de lo conocido.
Actuamos
de lo conocido a lo conocido.
No
osamos abordar lo desconocido.
Pero
lo conocido no puede entrar en contacto con lo desconocido.
Basada
en lo conocido, la mente no puede comulgar con lo desconocido.
Para
que se revele lo desconocido, lo conocido debe cesar.
Entonces,
¿cómo enfrentar lo real en mí mismo?
Sólo
enfrentaré lo real cuando comprenda el funcionamiento del yo ordinario, su deseo incesante de perpetuarse.
¿Qué
puede experimentar ese yo?
Para
conocerme necesito
ver los movimientos del yo con lucidez, infatigablemente.
El
camino
hacia ese conocimiento es arduo, pero aporta una dicha y un silencio incomparables.
El
yo sube sin cesar y cae siempre, constantemente en persecución de algo,
ganando o perdiendo, pero siempre frustrado.
Siempre quiere “más” y sus
deseos son contradictorios.
Para
comprenderlo, el pensamiento no debe interponerse.
No
debe haber juez que tome partido y que así avive los conflictos.
No
debe haber allí ni sujeto ni objeto de experiencia.
Entonces
hay una relación directa.
Es
esa relación directa la que hace nacer la comprensión.
Allí
hay un silencio que no proviene de una reacción.
Aparece
cuando se comprende el proceso del pensar.
Llega
un momento en que experimento el sentimiento de total soledad, donde ya no sé
cómo relacionarme con lo que me rodea.
En
todas
partes, siempre, me siento solo.
Hasta
cuando estoy con mis amigos, con mi familia.
Estoy
con ellos pero estoy solo.
No
conozco mi relación
con ellos, lo que me relaciona con el otro.
Es
un sentimiento de soledad y aislamiento creado por las actividades egocéntricas de mí pensar, mi nombre, mi familia, mi posición.
Hay
que atravesarlos tan realmente como si franqueáramos una puerta.
Y para atravesarla hay que vivir con ella, y desembocar
entonces en algo mucho más grande, un estado más profundo: estar a solas conmigo mismo, la
«individuación».
Ya
no es un estado de aislamiento porque se comprende el aislamiento, al igual
que todo el proceso del pensar, de la experiencia y de lo que implican las
provocaciones y las respuestas.
Una
vez que comprendemos
el conjunto de los procesos de las influencias, en todos los niveles de nuestra
conciencia, nos liberamos de ello, en el sentido de que la mente y el corazón
ya no están conformados por los eventos exteriores ni por la experiencia
interior.
Es
el estado en el que la mente está sin provocación ni respuesta, es el estar a solas conmigo mismo.
Únicamente
a solas conmigo mismo puedo encontrar
lo real.
Para
vivir este silencio, para conocer lo que es, necesito llegar a la sensación de un vacío, el
vacío de todas mis proyecciones imaginarias.
Trato
de salir de ese universo de ilusión que esconde mi realidad, no me dejo influenciar por
él.
Me
concentro en «aquí... ahora».
No
busco llenar
el vacío, como siempre hago.
Siento
que soy ese vacío.
Acepto
que
no haya nada.
No
busco ni refugio ni garantía.
Me
siento como un
puesto de observación que sólo ve el vacío.
Busco
el silencio.
Ese
silencio interior quiere decir abandono, sumisión.
Mi
yo ordinario se somete, la mente está más libre, esa actitud trasciende el
pensamiento y la palabra.
Es
como una meditación sin actividad mental.
Necesito
comprender el sentimiento de verdadera soledad, aunque no me sienta percibido,
comprendido, por quienes me rodean y lo experimente como una gran tristeza.
Esa
soledad de lo que es ordinario, imaginario y mentiroso es algo muy grande.
Significa
que por primera vez sé que «yo soy».
Es
una soledad libre de todo lo conocido, libre de todo lo que no es ahora, el momento presente, fuera del
tiempo.
Esa
soledad
aparece como un vacío.
Pero
no es el vacío de la desesperanza.
Es
una transformación completa de la calidad del pensar.
Cuando
la mente
está libre de toda chachara, de todos sus miedos, sus quereres y pequeñeces, se vuelve
silenciosa.
Entonces
viene la sensación de una completa nulidad o nadidad que es la esencia misma de
la humildad.
Al
mismo tiempo,
siento realmente que entro en otro mundo, un mundo que aparece no porque falte
algo, sino porque todo está, todo está aquí.
jeanne de salzmann
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