UNA CONTRADICCIÓN
FLAGRANTE
No
somos lo que creemos ser.
Siempre
digo que busco.
En
realidad soy
buscado.
Pero
no lo sé suficientemente.
Falta
algo que pueda creer algo absolutamente verdadero, que sea como un nuevo
conocimiento, una fuerza nueva que triunfe sobre mi inercia.
Debe
haber en mí una fuerza que venga de planos elevados del cosmos.
Debe
ser parte de mí mismo, debe emanar e irradiar en mí.
Pero
el estado de mi ser, de mi conciencia, no me permite sentirla.
Estoy
separado de la realidad por el espejismo de mi reacción en el momento de recibir una
impresión.
Esto
me impide permanecer abierto a la totalidad de aquello a lo que me aproximo.
Siempre
hay pala-bras, emociones subjetivas y tensiones, y sus movimientos no se detienen.
No
conozco ese movimiento y, sin conocerlo, no puedo evaluarlo justamente.
De
manera que un nuevo orden, que sería el signo de mi transformación, no aparece.
Tengo
una forma de ser objeto para mí mismo, siempre pensando en mí, siempre con una queja.
Esa
manera falsa de estar ocupado de mí mismo no me puede enseñar nada nuevo.
Algo
me pide ser consciente de lo que soy, de quién soy.
Y
me veo responder: «Yo. Yo estoy aquí. Soy yo mismo.» Pero siento que no es
verdad, no soy realmente yo.
Al
mismo tiempo, es verdad que lo digo, que lo pienso.
Y
cuando lo digo, me siento el centro de todo.
Me
afirmo
a mí mismo.
Las
cosas sólo existen en relación conmigo mismo: me gustan, no me gustan, esto me
es favorable o no.
Estoy
separado, opuesto
a todo.
Hasta
mi deseo de conocerme, de ser más libre, más tranquilo, puede partir de allí.
Comienzo
a ver esos movimientos de mi «yo», siempre listo a defender, a sostener ese
centro de gravedad que, en el fondo, no es realmente lo que soy.
Al
lado de esa afirmación hay algo que nada afirma, que nada pide, pero que es.
Con
cada afirmación,
en cada instante, me veo rechazar, rechazarme a mí mismo, rechazar al otro.
No
somos lo que creemos ser.
Hay
en nosotros un impulso esencial, un movimiento hacia la conciencia que viene de
una necesidad innata hacia la realización de la totalidad de nuestro ser.
Es
un deseo viviente
que me atrae hacia una expansión de mí mismo.
Sabemos
que ese deseo está allí, en ciertos momentos nos toca.
Pero
para nosotros aún no es un hecho real y la conciencia que tenemos
de nosotros mismos no es transformada.
De
hecho, somos exactamente como todos los que nos rodean y que encontramos pequeños, estúpidos,
mezquinos, envidiosos... Como ellos, no somos conscientes de los impulsos que nos mueven y que
crean la corriente en la que vivimos.
Continuamos comparándonos y
creyendo en nuestra superioridad, refugiándonos detrás de ideas o esperanzas.
Pero
no lo queremos ver.
Creemos
que lograremos saber lo que esta más allá de la medida del estado habitual de
nuestro ser, sin tomar en cuenta lo que nos lo impide.
Esto
crea en nosotros una cierta hipocresia, porque no hemos comprendido lo que
constituye la trama de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos y de
nuestras acciones.
De
esta forma, no hemos visto todavía la contradicción flagrante entre nuestro deseo de expandir la conciencia y
la fuente habitual de todo nuestro comportamiento.
No
hemos aceptado que para encontrar la verdad debemos comprender la fuente de
nuestro pensamiento y de nuestras acciones: mi pequeño yo ordinario.
Siempre
esperamos que algo se haga solo, mientras que la transformación sólo se opera
si poco a poco me entrego a esto, enteramente.
Debemos
pagar con el esfuerzo del recuerdo de si y el esfuerzo de la observación de sí,
abandonando la mentira de todo lo que creemos, a cambio de un momento de realidad.
Esto
traerá una nueva actitud hacia nosotros mismos.
Lo
más difícil es aprender cómo pagar.
Se
recibe
exactamente lo que se paga.
Para
sentir la autoridad de una Presencia sutil, debemos superar el muro de nuestro ego, el muro de nuestras reacciones mentales,
de donde surge la idea de «yo».
Hay
que pagar.
Sin pagar no tendremos nada.
jeanne de salzmann
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