LIBRE DEL MIEDO Y DE LA ILUSIÓN
¿Es posible hacer que aparezca una calidad de la mente
que sea siempre fresca, siempre nueva, que no cree hábitos de pensamiento ni se
aferre a creencia alguna?
Para eso debemos comprender la totalidad de la
conciencia con la que vivimos.
Ella funciona dentro de un marco que hay que romper para
liberarla.
Lo que buscamos es el estado de una mente que dice «yo no
se».
Es imposible examinar lo que no conocemos si no vaciamos
la mente de todo lo que sabemos.
Lo que es importante es ver que las palabras, las ideas,
me vuelven esclavo de formulas y de conceptos.
Mientras este atrapado en los hilos de una creencia
consoladora, no tengo la vivacidad ni la sutileza que exige una
exploración real.
Si no comprendo esto, mi observación seguirá basada
sobre formas, sobre lo que conozco, y no será vivificada por el
espíritu del descubrimiento, como si fuera la primera vez.
Y será, egocéntrica con el yo que interpreta todo lo que
se presente:
Debemos comprender el miedo en nuestra vida.
Mientras nuestra conciencia total no se haya liberado
del miedo no podremos llegar muy lejos.
Por su naturaleza misma, el miedo se opone inevitablemente a toda
búsqueda.
Pero el miedo en si ¿existe realmente?
¿Hemos experimentado alguna vez el miedo mismo en su
realidad y no solamente la emoción que precede o sigue a un hecho?
Al estar cara a cara con lo que sucede; por ejemplo,
con el peligro, ¿tenemos miedo?
De hecho, el miedo surge sólo en el momento en que el
pensamiento se fija sobre el pasado o el futuro.
Si nuestra atención está en el presente
activo, pensar en el ayer o en el mañana es una falta de atención y la
falta de atención genera el miedo.
Cuando reunimos toda nuestra atención, el miedo no
existe.
En ese estado de plena atención, vemos que
no sabemos, que no podemos responder.
En un estado de completa incertidumbre podemos
descubrir lo verdadero.
Si queremos penetrar profundamente en nosotros mismos y
ver lo que hay allí y hasta más allá, no debemos tener ningún miedo, de
ningún tipo: ni del fracaso, ni del sufrimiento y, menos aún, de la muerte.
Nunca hemos inquirido con todo nuestro ser sobre lo que
es la muerte.
La hemos considerado siempre en función de una supervivencia, la
supervivencia de lo conocido.
Queremos una continuidad de la vida como una cadena o un
movimiento perpetuo.
Pero esa supervivencia sólo es la supervivencia
de lo conocido.
Queremos una continuidad sin habernos preguntado
nunca cuál es el origen de ese deseo, de esta cadena, de ese movimiento perpetuo.
Ese origen no es otro que el pensamiento.
Es por el pensamiento que me identifico con mi familia,
mi casa, mis obras.
Mientras más pensamos en un problema humano, más
nos aferramos a una continuidad.
Pero ese sentido de la duración que proyecta el
pensamiento en la conciencia es hueco.
Cuando nos damos cuenta claramente de esto, podemos
intervenir con el pensamiento allí donde es necesario de una manera
lógica y sana, sin desviaciones sentimentales, sin esa ambición
que tenemos en general de afirmarnos, de ser o de convertirnos en
alguien.
Entonces uno sabe lo que quiere decir vivir en el presente.
Es morir instante tras instante.
Y eso permite conocerse, porque al no tener más miedo uno no tiene
ilusión.
Necesitamos ver que no hay «pensador», que ese yo
imaginario que piensa «yo» y «lo mío» es sólo una ilusión.
Para llegar a recibir la verdad, todas las ilusiones deben
disiparse, incluidas las ilusiones que están detrás de nuestros deseos de
placer y detrás de la satisfacción.
Sólo en ese punto podemos ver de qué estan hechas
nuestras luchas, nuestras ambiciones, nuestros sufrimientos.
Sólo en ese punto podemos ver a través de ellos y
llegar a un estado libre de contradicciones, libre de conflictos, en el que
podemos experimentar el amor.
Lo que importa es vivir con ese vacío donde lo mío es
abandonado.
Gracias a dicho abandono surge la pasión de ser, más allá del pensamiento y de la
emoción; una llama que destruye todo lo falso.
Esa energía permite a la mente penetrar en lo desconocido.
Ningun movimiento desde la periferia hacia el centro
alcanzará jamás el centro.
Un movimiento que está en la superficie y trata de llegar a
profundidad, siempre estará en la superficie.
Para comprenderse a sí misma, la mente debe estar
completamente inmóvil, sin ninguna ilusión.
Entonces podemos ver con lucidez la insignificancia del yo.
La mirada misma lo disuelve en una inmensidad más allá de
toda
medida.
Entonces el tiempo como uno lo piensa no existe.
No hay tiempo, sólo el momento del presente.
Sin embargo, vivir en el presente se basta a si mismo.
En cada momento se muere, se vive, se ama, se es.
Libre del miedo y de la ilusión, momento tras momento,
morimos a lo conocido para entrar en lo desconocido.
jeanne de salzmann
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