domingo, 27 de septiembre de 2015

LIBRE DEL MIEDO Y DE LA ILUSIÓN

LIBRE DEL MIEDO Y DE LA ILUSIÓN

¿Es posible hacer que aparezca una calidad de la mente que sea siempre fresca, siempre nueva, que no cree hábitos de pensamiento ni se aferre a creencia alguna?

Para eso debemos comprender la totalidad de la conciencia con la que vivimos.

Ella funciona dentro de un marco que hay que romper para liberarla.

Lo que buscamos es el estado de una mente que dice «yo no se».

Es imposible examinar lo que no conocemos si no vaciamos la mente de todo lo que sabemos.
        
Lo que es importante es ver que las palabras, las ideas, me vuelven esclavo de formulas y de conceptos.

Mientras este atrapado en los hilos de una creencia consoladora, no tengo la vivacidad ni la sutileza que exige una exploración real.

Si no comprendo esto, mi observación seguirá basada sobre formas, sobre lo que conozco, y no será vivificada por el espíritu del descubrimiento, como si fuera la primera vez.

Y será, egocéntrica con el yo que interpreta todo lo que se presente:

Debemos comprender el miedo en nuestra vida.

Mientras nuestra conciencia total no se haya liberado del miedo no podremos llegar muy lejos.

Por su naturaleza misma, el miedo se opone inevitablemente a toda búsqueda.

Pero el miedo en si ¿existe realmente?

¿Hemos experimentado alguna vez el miedo mismo en su realidad y no solamente la emoción que precede o sigue a un hecho?

Al estar cara a cara con lo que sucede; por ejemplo, con el peligro, ¿tenemos miedo?

De hecho, el miedo surge sólo en el momento en que el pensamiento se fija sobre el pasado o el futuro.

Si nuestra atención está en el presente activo, pensar en el ayer o en el mañana es una falta de atención y la falta de atención genera el miedo.

Cuando reunimos toda nuestra atención, el miedo no existe.

En ese estado de plena atención, vemos que no sabemos, que no podemos responder.

En un estado de completa incertidumbre podemos descubrir lo verdadero.

Si queremos penetrar profundamente en nosotros mismos y ver lo que hay allí y hasta más allá, no debemos tener ningún miedo, de ningún tipo: ni del fracaso, ni del sufrimiento y, menos aún, de la muerte.

Nunca hemos inquirido con todo nuestro ser sobre lo que es la muerte.

La hemos considerado siempre en función de una supervivencia, la supervivencia de lo conocido.

Queremos una continuidad de la vida como una cadena o un movimiento perpetuo.

Pero esa supervivencia sólo es la supervivencia de lo conocido.

Queremos una continuidad sin habernos preguntado nunca cuál es el origen de ese deseo, de esta cadena, de ese movimiento perpetuo.

Ese origen no es otro que el pensamiento.

Es por el pensamiento que me identifico con mi familia, mi casa, mis obras.

Mientras más pensamos en un problema humano, más nos aferramos a una continuidad.

Pero ese sentido de la duración que proyecta el pensamiento en la conciencia es hueco.

Cuando nos damos cuenta claramente de esto, podemos intervenir con el pensamiento allí donde es necesario de una manera lógica y sana, sin desviaciones sentimentales, sin esa ambición que tenemos en general de afirmarnos, de ser o de convertirnos en alguien.

Entonces uno sabe lo que quiere decir vivir en el presente.

Es morir instante tras instante.

Y eso permite conocerse, porque al no tener más miedo uno no tiene ilusión.

Necesitamos ver que no hay «pensador», que ese yo imaginario que piensa «yo» y «lo mío» es sólo una ilusión.

Para llegar a recibir la verdad, todas las ilusiones deben disiparse, incluidas las ilusiones que están detrás de nuestros deseos de placer y detrás de la satisfacción.

Sólo en ese punto podemos ver de qué estan hechas nuestras luchas, nuestras ambiciones, nuestros sufrimientos.

Sólo en ese punto podemos ver a través de ellos y llegar a un estado libre de contradicciones, libre de conflictos, en el que podemos experimentar el amor.

Lo que importa es vivir con ese vacío donde lo mío es abandonado.

Gracias a dicho abandono surge la pasión de ser, más allá del pensamiento y de la emoción; una llama que destruye todo lo falso.

Esa energía permite a la mente penetrar en lo desconocido.

Ningun movimiento desde la periferia hacia el centro alcanzará jamás el centro.

Un movimiento que está en la superficie y trata de llegar a profundidad, siempre estará en la superficie.

Para comprenderse a sí misma, la mente debe estar completamente inmóvil, sin ninguna ilusión.

Entonces podemos ver con lucidez la insignificancia del yo.

La mirada misma lo disuelve en una inmensidad más allá de toda medida.

Entonces el tiempo como uno lo piensa no existe.

No hay tiempo, sólo el momento del presente.

Sin embargo, vivir en el presente se basta a si mismo.
                                
En cada momento se muere, se vive, se ama, se es.


Libre del miedo y de la ilusión, momento tras momento, morimos a lo conocido para entrar en lo desconocido.

jeanne de salzmann

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