CONOCER ES SER
Mi
sufrimiento es el de estar limitado.
No
acepto las limitaciones impuestas por el tiempo o el cambio, el espacio o la multiplicidad.
Hay
una única energía en cuyo interior ocurre el cambio, pero ella es siempre la misma.
Cada
uno de ellos es una forma que toma esa energía.
Pero
esa energía única tiende a reencontrarse tal como es en esencia: única, infinita.
Hay
en mí un deseo irresistible de ser yo mismo, libre para desechar todo el
peso de lo que me aplasta, todo lo que me hace dependiente.
Deseo
esa felicidad de ser enteramente yo mismo, sin reserva.
Siento
que la felicidad esta ahí.
No
la busco fuera de mí a través de alguien o de algo.
La
única fuente de felicidad es el hecho de ser,
sin
esperar beneficios, premios; solo la revelación de lo que es.
Me
mantengo aquí, buscando ver mis barreras, para que, al verlas, se caigan por si solas.
Mis
tensiones, mis pensamientos.
Que
no juzgo o
quiero reemplazar por algo mejor.
Sino
porque me vuelvo sensible a algo que ellos me esconden y a lo que soy atraído como por un imán.
Como
si pasara más allá.
Y
tengo de mi otra impresión, una impresión de una materia viviente, de una vida
en la que la densidad de mi cuerpo desaparece.
Entonces,
llego a un segundo umbral donde siento que ya no soy una masa compacta, sino una infinidad de
partículas vivientes en movimiento, en vibración.
Me
siento así participar de un Ser cuya fuerza me da la vida, la cual irradio entonces a mi alrededor.
Hay
como una respiración cósmica de la cual soy parte.
Jamás
debo olvidar lo que le da vida a la forma.
La
forma sola no existe.
Es
lo que “es” en la forma, lo que ha tomado forma; es la esencia de lo que se
pregunta en mí.
Busco
entonces regresar a la fuente.
Cuanto
más
busca el yo conocerse, más participa de la conciencia y menos participa del cuerpo en el
que está inmerso.
Todos
los pensamientos vienen del pensamiento yo.
Pero
¿de dónde viene el pensamiento yo?
Cuando
buscamos
en el interior y volvemos a la fuente, el último pensamiento “yo” desaparece.
Y
cuando desaparece, el “Yo Soy” aparece por si mismo.
Alcanzamos
entonces la conciencia, nuestra verdadera naturaleza.
Cuando
conocemos nuestro verdadero Yo, algo emerge de la profundidad del ser y se hace
cargo de nosotros.
Está
detrás de lo mental.
Es
infinito,
divino, eterno.
Lo
llamamos el alma.
No
hay muerte.
La
vida no puede morir.
El
envoltorio se usa, la forma se desintegra.
La
muerte es un fin: el fin de todo lo conocido.
Es
algo que da miedo, porque nos aferramos a lo conocido.
Pero
la vida
es.
Está
siempre ahí, aún si para nosotros es lo desconocido.
Sólo
podemos
conocer la vida después de haber conocido la muerte.
Debemos
morir a lo conocido para entrar en lo desconocido.
Necesitamos morir
voluntariamente.
Debemos
liberarnos de lo conocido.
Liberados, entramos en lo
desconocido, el vacío, la tranquilidad total, donde no hay deterioro: el único estado en el que podemos
descubrir lo que es la vida y lo que es el amor.
¿Qué
es lo que es real: el objeto de la conciencia o la conciencia misma?
En
el fondo, en mi ser, yo soy ya lo que
busco.
La
fuerza del impulso
de toda mi búsqueda no es otra cosa que lo que yo soy, realmente.
Cuando
la conciencia está ahí, veo que la conciencia soy yo... Y es la verdad.
Yo
mismo y todo lo que me rodea son una misma conciencia.
Mi
verdadera naturaleza es la conciencia.
La
búsqueda de mí mismo se vuelve la búsqueda del Sí Mismo, cada vez más profunda.
El
Creador aparece como el “Yo”, el “Sí Mismo”.
El
Sí Mismo puede manifestarse o no, pero siempre es inmaterial cuando uno permanece
vuelto hacia él.
No
hay objeto por conocer.
El
Sí Mismo es siempre el Sí Mismo.
Conocer
el Sí Mismo es ser el Sí Mismo.
Cuando
la verdadera naturaleza es conocida hay el Ser sin principio ni fin.
Es
la conciencia inmortal.
jeanne de salzmann
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