UNA SEGUNDA NATURALEZA
Cuando hay una desarmonía entre la fuerza interior y la
forma exterior, la verdadera relación en uno mismo está ausente.
O hay un exceso de fuerza de vida que conduce todo hacia el
exterior, o una acumulación exagerada, una defensa de sí demasiado
rígida.
Si demasiada fuerza va hacia la manifestación, sentimos que
nuestra forma interior se pierde y que nos quedamos sin un orden o
dirección interior.
Todos los movimientos carecen de coordinación, de
control.
En cambio, si la protección de uno mismo es demasiado
grande, los movimientos parecen replegarse sobre sí mismos.
La fuerza contenida parece demasiado poderosa para
aquello que la contiene.
En todo caso, sentimos siempre la falta de un centro activo que
sería el único capaz de resolver el conflicto entre la forma exterior y
la vida interior.
Pero si hubiera un centro de gravedad en cada ocasión, la
apariencia exterior sería la expresión de una vida que reanimaría el
todo una y otra vez.
Podría vivir lo que soy; tendría esa posibilidad.
Habría un tercer elemento que haría de mí un hombre completo.
Para conocer ese centro de gravedad, necesito tener en mi
actitud una exigencia en todo instante.
Necesito recibir la impresión de esa fuerza en mí, y
para ello es necesaria la sumisión, la aceptación de la acción de esa
fuerza.
Hay que hacerle un sitio constantemente.
Es una lucha por liberar un espacio para que esa fuerza, sin la
cual estoy entregado a las fuerzas de lo externo, pueda mantenerse.
Al practicarlo, desarrollo una facultad para
reconocer sin cesar actitudes erróneas y corregirlas.
Esto debe llegar a ser una fuerza que penetre toda mi
vida cotidiana.
Es mi sumisión a la vida.
Lo más difícil de conseguir es la sumisión de la mente.
Es un estado de pasividad voluntaria, que produce siempre un
sufrimiento para el ego, ya que él sólo puede aceptarlo por
momentos muy cortos.
Tan pronto me acerco al vacío, un pensamiento o una
emoción, nacidos de mi yo egoísta, vienen a interrumpir ese estado.
Las olas rompen e invaden todo.
Quiero experimentar ese centro de gravedad, pero nunca me
permito del todo sentir su peso, su densidad.
Hay siempre una cierta tensión, una tendencia a
empinarme, a estirarme hacia arriba.
De estar relajado y suelto, paso a estar tenso y duro.
Mi querer hacer, mi ego, ha retomado la autoridad.
Ya no tengo confianza en la fuerza viviente que experimento en ese
centro de gravedad; de nuevo, sólo confío en el yo.
Incluso si dejo que la realidad de la vida surja en mí,
no tengo control ni sobre mi soltar ni sobre mi tensión.
O me tenso o me suelto.
Y no puedo considerar los dos simultáneamente
cuando se trata de un movimiento completo: esos dos estados son el
movimiento de la vida en mí.
La tensión no se opone al soltar, y el soltar no
se opone a la tensión.
Ellos siguen un ritmo que tiene por meta la
preservación de esa forma viviente que busco, de esa unidad hasta que ella
viva su propia vida.
Pero es difícil de comprender la manera de soltar, mi
actitud.
Quiero soltarme para sentir mejor la Presencia del ser,
una Presencia divina.
Pero siempre estoy allí para tomar o recibir lo que se me debe, en lugar de sentir el
respeto,
que es lo único que me permitirá una apertura sin condiciones.
No dejo que esa Presencia actúe sobre mí.
Sólo si he luchado largo tiempo por una unidad podré
comprender lo difícil que es revertir los efectos de esas tensiones.
Eso se debe a que ellas afectan la totalidad.
En cada tensión, aunque sea pequeña, está involucrada la
totalidad.
Si las tensiones se han fijado, el acceso al ser está
bloqueado.
Un verdadero relajamiento aparecerá cuando pueda sentir la raíz
secreta de la cual algo vendrá y crecerá sin mi ayuda.
Ella me sostendrá en una forma que será mi forma.
Será una forma nueva, muy diferente de la forma de mis
tensiones habituales, una forma interior en la cual todas mis partes
estan integradas.
Ella me dará mucho más el sentido de mí mismo, de mi verdadera
individualidad.
Mi meta es llegar a ser una unidad.
Sólo un todo sabe lo que es necesario para el
todo.
Para esto tengo que estar centrado.
Incansablemente vuelvo hacia mi centro de gravedad.
Lo que hoy es ocasional, debe llegar a ser una segunda
naturaleza.
Sin tensión, la energía se libera en un
movimiento de soltar hacia abajo.
La totalidad ya no está amenazada.
Descubro una ley bajo cuya influencia deseo permanecer.
Veré que esta es la Ley del Tres.
Ella puede hacer de mí un ser nuevo.
jeanne de salzmann
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