PARA ORGANIZAR
Nuestro trabajo necesita ser organizado.
Los esfuerzos accidentales y anárquicos no
conducirán a nada.
Mis esfuerzos tienen que ser disciplinados y
sujetos a reglas, a leyes de un orden diferente al de mi nivel ordinario.
Mientras yo no vea esa necesidad imperiosa de someterme a una
fuerza más grande que yo, sigo creyendo en mi yo ordinario y no
trabajo, no avanzo hacia mi meta.
Tengo que reconocer esa necesidad.
Después, tengo que ponerme a prueba —poner a prueba mi yo
ordinario— en un círculo de vida cuyo interés principal sea el de despertar.
Para esto, en ciertos momentos se siente la necesidad de
pertenecer a una organización, a un centro cuyos miembros trabajen en la misma
dirección.
Organizar significa crear un órgano, un organismo con una
meta determinada.
Como todo organismo, tiene que contener en si mismo la causa de su
aparición y manifestarla en los detalles de su organización y en todos sus
resultados.
Debe contener el sentido de lo sagrado.
Esta dimensión nunca debe estar ausente.
En todas sus ramas, sus centros, los efectos de la
organización deberían proyectar algo de la intensidad y de la calidad de la
causa que los contiene.
Aquel que comprende la causa, la percibe en todos sus rasgos.
Cada uno de los efectos visibles debe tener tras de si un fuego de
actividad que no es percibido desde el exterior.
Es eso lo que produce el milagro, y un organismo
del cual el milagro esté excluido no es un organismo viviente.
El primer requisito de una organización viviente es
juntarse, reunirse.
No podemos lograr nada a menos que las condiciones de ese
«reunirse»
sean justas.
Sin impaciencia, sin intelectualismo, sin sentimentalismo, un
acontecimiento debe tener lugar.
Llamar, ser llamado: la causa es la misma.
Necesito escuchar y oír el llamado y encontrar una forma
de llamar que sea recibida.
Para trabajar juntos se requiere una relación consciente,
sostenida por medio de la vigilancia y el abandono de mi voluntad
ordinaria.
Yo acepto o no acepto esta relación con los
otros.
En un momento dado, no hay Maestros ni alumnos, sólo hay
seres que se preguntan y que escuchan.
La enseñanza es el guía.
Y sólo aquel que se pregunta más profundamente puede ser responsable
de servirla.
Lo que cada uno de nosotros comprenda depende de su nivel
de ser.
Debo aprender a conocer mis propias limitaciones y a
reconocer a aquellos que tienen una comprensión más amplia.
Yo me considero a mí mismo y a los demás.
Ellos me atraen, me agradan, me atemorizan, me amenazan.
Pero yo los necesito.
Es a través de mis reacciones como aparezco y aparecen los otros,
no sólo yo.
Tengo que ir de descubrimiento en descubrimiento, más
allá de los juicios, más allá del mal y el bien, para saber que
soy la única energía.
La liberación no está ni en el mal ni en el bien.
Está en la desaparición del ego y en la unión
con todo y con todos.
El mal es la ignorancia; el bien, el despertar.
Sin embargo, uno quiere dirigir o ser dirigido a
su antojo, juzgar y criticar antes de tratar de comprender.
Esta actitud es fundamentalmente falsa.
No se trata de querer imponer un orden, sino
de entrar en un orden, un orden que existió antes de nosotros.
Es ese orden lo que importa, no la organización.
Debemos comprender que nuestra organización existe en la
vida sobre dos niveles.
Un nivel, que le da su verdadero sentido, es el del trabajo, nuestra
búsqueda, con todas las condiciones que ello requiere.
El otro es el aspecto oficial, que es sólo una cubierta,
nada más, pero que puede ayudarnos a continuar tranquilamente con
nuestro trabajo.
Esta distinción parece fácil de comprender, pero de hecho
no lo es.
He visto que ese lado oficial, organizado para cumplir
con la imagen y la rutina requeridas por nuestra vida en el mundo,
siempre reclama sus derechos y tiende a imponer su estructura sobre el trabajo;
a imponer una forma que no responde de ninguna manera al orden de valores del
trabajo.
jeanne de salzmann
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