LA LUCHA
CONSCIENTE
Hay
que tomar conciencia de la Presencia interior como un segundo cuerpo que debe tener
su vida propia.
Él
necesita tener una acción sobre el cuerpo, no ser demolido por la acción del cuerpo, que tiene también su vida propia.
Por
el momento, lo que importa es dejar que esa energía se desarrolle en nosotros y adquiera fuerza.
Tenemos
que sentir
que ella necesita un vínculo con una fuerza más elevada.
La
pregunta
es cómo permitir que ese nuevo cuerpo se desarrolle, cómo absorber las
vibraciones sutiles hasta que ellas saturen la Presencia.
Nuestro
trabajo consiste en estar vigilantes, en ver lo que sostiene ese cuerpo.
Hace
falta una actitud conscientemente sostenida donde la mayor parte de mi
poder de atención se mantenga dentro de mí, ocupado en esa deseada
profundización.
Ese
acto, que conserva la energía, es un acto de creación.
La
visión de esto que sucede en nosotros es lo más importante.
El
resultado viene de la visión y de la fricción entre la apertura a algo desconocido y la
respuesta de nuestras funciones.
Este
es el comienzo de una «cristalización», la formación de algo invisible y
permanente: de una voluntad propia, la conciencia «Yo».
Despierto
para estar entero, para llegar a ser consciente, con una voluntad de ser nacida de la conciencia.
El
segundo cuerpo está constituido de una materia, de una inteligencia, de una
sensibilidad. Al igual que el cuerpo físico, necesita del alimento para su desarrollo.
Para
ello, es necesaria una lucha, una confrontación consciente, para llamar a una energía que de
otra manera
no aparecería.
Cuando
nuestra atención está concentrada fuertemente delante de los diversos movimientos de nuestro
pensamiento, de nuestro sentimiento, de nuestro cuerpo, se produce allí una
materia semejante a la electricidad.
Hay
que acumularla para que un segundo cuerpo se pueda formar.
La
ruta es larga, pero la materia se crea en nosotros por un esfuerzo consciente y un sufrimiento voluntario.
Ella
tendrá
también una posibilidad de acción.
Lo
que es importante es tener un proceso de lucha continua entre nuestra cabeza y nuestro animal, entre nuestra
individualidad y nuestras funciones, porque necesitamos de la materia que ésta confrontación consciente
produce.
Esto
exige
un esfuerzo una y otra vez, pero no hay que descorazonarse, porque el resultado de
nuestro trabajo viene lentamente.
Hay
naturalmente en el hombre un conflicto permanente entre el cuerpo psíquico y el
cuerpo orgánico.
Ellos
son de naturaleza diferente: uno quiere, el otro no quiere.
Es
una confrontación que tenemos que reforzar voluntariamente, por nuestro trabajo, por nuestra
voluntad, para que nazca una nueva posibilidad de ser.
Es
por ello que tomamos una tarea, es decir, algo preciso que refuerce esa lucha; por ejemplo,
nuestro organismo
tiene el hábito de comer o de sentarse de una cierta manera.
Es
su condicionamiento, pero yo me niego a obedecerlo.
Hay
una lucha, una
lucha consciente, voluntaria, entre un «si» y un «no» que convoca la tercera
fuerza.
Es
el factor «Yo» el que puede conciliar.
El
cuerpo es un animal, el psiquismo es un niño.
Hay
que educar a
ambos, poner a cada uno en su lugar.
Tengo
que tomar el cuerpo, hacerle comprender que él debe obedecer, no mandar.
Por
eso hay que
ver qué sucede en mi, tengo que conocerme.
Así
puedo proponerme
una tarea que corresponda con mis posibilidades —sobre el alimento o sobre los
hábitos— y hacer que se ejerza una voluntad consciente.
Creo
una lucha entre el «si» y el «no» para mi ser.
Sólo
en
este justo momento comienza el trabajo.
Nuestra
experiencia del sufrimiento nunca es voluntaria. Siempre mecánica, una reacción
de la máquina.
Lo
que es voluntario es colocarse a sí mismo en las condiciones que traen consigo
el sufrimiento y permanecer delante.
Un
hombre consciente no sufre ya; en la conciencia se es feliz.
Pero
el sufrimiento así preparado es indispensable para la transformación del hombre.
jeanne de salzmann
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