LA META DE MI ESFUERZO
Estamos divididos entre un movimiento de interiorización, de regreso a
nosotros mismos, a nuestra naturaleza esencial, y un movimiento hacia el
exterior.
Estamos ocupados, a veces con uno, a veces con el otro, y no logramos vivir
los dos simultáneamente.
Esto se vuelve una suerte de oposición y nos pasamos toda nuestra vida
buscando una forma de vivir en la que esa tensión pueda ser resuelta.
Necesitamos sentir esa contradicción, darle toda su importancia.
Nos hace falta una nueva manera de abordar este problema que no ponga en
peligro la totalidad de nuestro ser.
Nos hace falta encontrar el camino hacia una posible unidad.
Una unidad que englobe todos los centros y funciones de nuestro ser en un
movimiento al servicio de la fuerza de vida única, un movimiento de
interiorización para que ésta fuerza pueda actuar a través de ellos en un
movimiento hacia el exterior.
Esto quiere decir que de esos dos aspectos algo es asumido, algo es
reconocido.
Ellos son indispensables el uno para el otro.
Esta fuerza de vida no puede actuar sin mí; y por mi parte debo renunciar a
toda pretensión de ser algo independiente, por mí mismo, sin esa vida.
Siempre estamos centrados por una fuerza que nos impulsa a una realización.
Pero esa fuerza y esa realización tienen un sentido diferente dependiendo
del yo del que se trate.
Para encarar la vida, es la fuerza del yo la que me impulsa, y siento mi
vida como una red de relaciones vistas desde un centro.
Yo siento ese centro: soy yo.
Llamo yo a ese centro, y es desde allí desde donde pienso y siento.
Todo el espacio está tomado por mi noción habitual de yo que regresa
incluso en mis mejores momentos de trabajo.
Es siempre una sola parte de mí mismo la que reclama; a veces mi cabeza, a
veces mi emoción, hasta puede ser mi cuerpo, pero nunca juntos para actuar.
No hay un sentido del todo.
Estar centrado significa renunciar.
Cada parte del todo debe renunciar a la pretensión de querer, ver y dirigir
el todo; es decir, renunciar a una pretensión de ser el todo.
Como si me sometiera a un orden más grande que yo, un orden de una escala
cósmica.
Y para permitir que ese movimiento se haga en mí es necesario que todas mis
partes acepten servirle, acepten permanecer voluntariamente pasivas delante de
él.
Mi plexo y mi cabeza se relajan profundamente.
La energía no se fija, permanece en movimiento.
Siento su movimiento de descenso hacia su fuente, como si ella necesitara
recentrarse antes de volver a subir a alimentar los otros centros.
Es un movimiento constante de circulación, de equilibrio, de relación.
Para esto necesito de mis funciones, pero no de cualquier funcionamiento
que produzca un obstáculo.
Necesito de mí pensar, pero no de pensamientos, palabras e imagenes que
retienen la energía pura del pensamiento y lo vuelven pasivo.
Necesito de mi sentimiento, pero no de un sentimiento sometido por una
imagen a la cual está pasivamente apegado.
Necesito de un cuerpo sin ninguna tensión, inmóvil, pasivo, que no retenga
la energía en ningún lugar.
Veo que necesito de la ayuda de mis funciones; sin esto, esas funciones
llegaran a ser un obstáculo infranqueable.
No me puedo abrir a la Presencia sin ellas.
En mi estado habitual, esa energía en movimiento que llamamos atención no
es voluntaria.
Tiene una calidad muy baja, sin poder, y fluye pasivamente hacia el
exterior.
Mi atención tiene la posibilidad de transformarse, de adquirir una calidad
más pura al mantenerse en una dirección que reconozco como necesaria.
El movimiento de mi energía cambia.
En lugar de ir hacia fuera, por la fuerza de mi atención activamente vuelta
hacia adentro, la energía se concentra hasta formar el centro de gravedad de mi
Presencia.
Todo mi trabajo, todo mi esfuerzo, consististe en mantener esa dirección:
mantener un cuerpo tan relajado, tan suelto, que la energía no pueda salir;
mantener un pensamiento vigilante, vuelto hacia mí, que controle con su
presencia la inmovilidad de mi cuerpo; mantener el sentimiento de lo que quiere
ser reconocido, de lo que está aquí.
Es un esfuerzo de atención que viene de todas las partes de mí mismo para
purificarse y así concentrarse sobre mí.
Descubro un trabajo de mis funciones que es diferente de su trabajo pasivo
habitual; un trabajo donde ellas son llamadas a obedecer al movimiento de mí
atención.
Toda mi lucha, la meta de mi esfuerzo, es alcanzar una cierta unidad.
Para conocer un estado más consciente, trato de equilibrar mis centros; los
vínculos entre las diferentes partes de mi Presencia son mantenidos por la
atención que se despierta.
Mis partes deben aprender a trabajar juntas en la misma dirección, a
ocuparse de la misma meta, la de recibir la misma impresión.
Veo que ésta visión, mi comprensión de las cosas, mi inteligencia, depende
de ese estado de Presencia.
Cuando estoy totalmente atento a esa Presencia, siento la vida en ella, una
vida misteriosa que me relaciona con todo lo viviente del mundo.
Mi visión de mí mismo está relacionada con el todo.
jeanne de salzmann
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