HIPNOTIZADO
POR LO MENTAL
Una
mente sin atención está llena de pensamientos.
En
un estado pasivo,
crea constantemente imágenes y las aplica a lo que observo.
Las
imágenes crean placer o dolor que se graban en la memoria.
Hay
ilusión cuando queremos satisfacción.
Al
observar desde un punto de vista fijo, esa mente crea una especie de separación, una oposición, un juez que reacciona con
una opinión ya hecha de antemano sobre lo que ve.
Esa
disposición interior es uno de los mayores obstáculos para recibir una impresión:
juzgarse a sí mismo, a otro, a otros; juzgar... cualquier cosa.
En
verdad nuestra vida entera está teñida, incluso dirigida, por ese impulso
que es más fuerte que nosotros.
Tan
pronto hay un
juicio, es la prueba de que el yo ordinario entra en juego.
No
hay un momento
del día en el que dejemos de juzgar.
Ni
siquiera cuando estamos solos se detiene ese movimiento.
Me
mantiene en una esclavitud feroz, la esclavitud de lo que creo saber y de lo
que creo ser.
Hay
en mí una energía esencial, la base de todo lo que existe.
No
la
siento, porque mi atención está ocupada por todo lo que está contenido en mi
memoria, ya sean pensamientos, imágenes, deseos, decepciones, impresiones
físicas...
No
sé lo que soy.
Me
parece que no soy nada.
Y,
sin embargo, algo me impulsa a buscar, a escuchar seria, verdaderamente.
Cuando
trato de escuchar, veo que soy detenido por pensamientos y emociones de todas
clases.
Escucho
mal.
No
estoy lo suficientemente
tranquilo para oír, para sentir.
Lo
que quiero conocer es más sutil.
No
tengo la atención que hace falta para eso.
Todavía
no he visto la diferencia entre la atención fija que viene de una sola parte de mí y la
atención libre que no se fija sobre nada, que no es retenida por nada, porque participa a la vez de
todas mis partes.
Mi
atención habitual está encerrada en una parte y permanece tomada por el movimiento, el
funcionamiento de esa parte.
Pienso
en lo que experimento.
Mi
pensamiento responde por mí.
Responde
por un saber que no es el verdadero, que no es el conocimiento inmediato.
Mis
pensamientos aparecen y desaparecen.
Es
la aparición de todo lo que está almacenado en mi memoria, pero no la revelación de una
percepción inmediata.
Mi
pensamiento está encerrado en un pequeño espacio de mí mismo.
Siempre
ocupado por algo, retiene mi atención encerrada en ese espacio, aislada del resto, del cuerpo, del
sentimiento.
Estoy
hipnotizado
por lo mental.
Mi
atención es continuamente proyectada de un pensamiento a otro, de una imagen a otra, en la
corriente de la mente.
Nada
relaciona esos pensamientos.
Mis
deseos, mis apegos, mis miedos, son los hábitos y los apegos que conectan cada elemento con el siguiente.
Mi
atención está presa adentro porque nunca antes me había percatado seriamente de
que ella me fue dada para otra cosa.
¿Podría
mi mente estar en silencio en su percepción?, ¿podría no reconocer algo por el
hecho de nombrarlo?
Es
decir, no separarse para ser el que mira, el que juzga, el que sabe.
Para
ello haría falta una atención que no conozco, una atención que no se separe jamás de lo que observa, una atención
que experimenta totalmente, que nada excluye.
Sólo
cuando no excluyo nada soy libre para observarme y comprenderme.
Cuando
mi cerebro puede estar no dormido, sino activo, sensible, viviente, está en un
estado de inmovilidad atenta.
Entonces
hay
un movimiento de una calidad extraordinaria que no pertenece al pensamiento, ni a la
sensación, ni a la emoción.
Es
un movimiento del todo diferente que conduce a la verdad, a lo que no podemos nombrar.
La
atención es total, sin distracción alguna...
En
ese estado querría ver si soy capaz de no saber, de no ponerle nombre a lo que no conozco.
Tengo
la sensación de mí mismo que mi pensamiento ordinario llama cuerpo.
Pero
yo no se lo que es el cuerpo, no tengo nombre para lo que está allí.
Estoy
consciente de las tensiones, hasta de las más pequeñas, pero no sé qué es una tensión.
Entonces
viene la respiración
que no conozco... en un cuerpo que no conozco, rodeado de gente que no
conozco...
El
cerebro se tranquiliza.
Comienzo
a ver que sólo hay conocimiento real en el momento en que mi atención es tan
plena que es una conciencia que lo llena todo.
Entonces, ninguna cosa
tiene derecho sobre otra.
Hay
una existencia pura.
El
acto creador allí es la visión de lo que pasa. Y aprendo a vigilar.
jeanne
de salzmann
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