¿QUÉ DEPENDE DE MÍ?
Uno siente un mayor deseo de conocerse, pero no hay
exigencia suficiente.
Uno no siente la necesidad de un esfuerzo consciente.
Uno sabe que hay algo que hacer, un esfuerzo que hacer, pero
¿cuál esfuerzo?
La pregunta no se experimenta.
Apenas aparece, uno la deja o trata de
responder con los medios habituales.
Uno no ve que necesita prepararse para poder responder.
Uno debe reunir todas sus posibilidades, recordarse.
Cuando trato de recordarme, miro de donde parte mi deseo.
Parte todavía de un centro de posesividad y de creencia que es
el centro de mi personalidad.
El impulso, mientras permanezca ligado a eso, no me aportará la
libertad necesaria para afrontar una percepción directa, pura.
Al verlo, tengo la impresión de estar un poco más libre y
quiero conservar esa libertad.
Pero la manera en que lo quiero, parte de nuevo de esa
posesividad.
Apenas encuentro la libertad de esa influencia, vuelvo a caer en
su poder, como si hubiera un movimiento más interior hacia lo real y un
movimiento de lo más real hacia el exterior.
Si puedo observarlo y vivirlo con fuerza, veré que esos dos
movimientos no están separados, que es un mismo proceso.
Necesito sentirlo como el flujo y reflujo de una
marea, con una atención aguda que no se deja llevar y que, por su visión, conserva el equilibrio.
¿Soy capaz de distinguir en mí mismo un estado pasivo de
uno activo?
En ese momento mis fuerzas están aquí, sin dirección, a
merced de lo que se las va a llevar consigo.
No estan completamente tomadas en una dirección
determinada.
Escucho y observo en mí, pero no estoy activo.
La energía empleada para observar no es intensa.
Mi atención no está en contacto conmigo mismo,
con “lo que es”.
No tiene la calidad de percepción que tiene un
poder liberador, capaz de cambiar mi estado.
Entonces, estoy pasivo.
Observo mi cuerpo, no obedece a nada.
En mi mundo emocional hay indiferencia.
Mi pensamiento es atravesado por ideas e imágenes y no
tiene motivos para liberarse de ellas.
En ese estado pasivo, mis centros no están relacionados.
No tienen una dirección común.
Siento que estoy vacío y que necesito aparecer.
Cuando mi pensamiento está vuelto más voluntariamente
hacia mí, aparece una sensación: una sensación de mí mismo.
La experimento.
Entonces dejo mi pensamiento ir a donde quiera y veo que
la sensación disminuye y desaparece.
Entonces regreso hacia mí, tranquilamente, muy
atento, y la sensación reaparece.
Veo que la intensidad de una depende de la intensidad
de la otra.
Y eso llama un sentimiento por ese estado de relación.
Mis tres partes están ocupadas en la misma
meta, la de estar presente.
Sin embargo, su relación es muy inestable.
No se saben escuchar la una a la otra, ni saben tampoco
lo que sería estar de acuerdo.
Lo más importante hoy es ser sensibles a esa necesidad
que crece en nosotros de apertura a ese nuevo estado que no podemos
describir, una Presencia a la cual no puedo poner ningún nombre.
Cuando estoy tranquilo, siento esa acción sobre
mí.
Yo mismo no hago nada.
Pero mi sentimiento es tocado; un sentimiento que no conozco, que
no está ligado a un apego a mi persona; un sentimiento que conoce
directamente.
Cuando él está allí, nada en mí está aislado, siento la
totalidad de la Presencia.
Pero sólo aparece cuando mi pensamiento está libre; un
pensamiento capaz de estar allí sin palabras.
Cuando el pensamiento cambia, el sentimiento cambia.
El cuerpo también necesita adaptarse, afinarse.
No sé como se hace la relación.
Cuando se establece la relación, siempre me parece
milagrosa y la veo como no dependiente de mí.
Pero establecer la relación depende mucho de mí.
Debo ver que depende de mí.
Necesito, primero, volver pasiva cada parte, volver
pasivo cada cerebro, para recibir una fuerza más activa.
Todo es una cuestión de fuerzas.
Nuestra existencia, nuestra Presencia aquí abajo es
también una cuestión de fuerzas.
Nada nos pertenece, nada es nuestro.
Estamos aquí para servir de vehículo a las fuerzas o para
transformarlas si las comprendemos.
Pero primero hay que sentirlas de una manera clara y distinta:
sentirlas y sentirlas para crear allí una fuerza que se podrá oponer a las
otras, que podrá durar, que podrá ser.
jeanne de salzmann
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