sábado, 26 de septiembre de 2015

MÁS ALLÁ DE NUESTRA CONCIENCIA HABITUAL

MÁS ALLÁ DE NUESTRA CONCIENCIA HABITUAL

Buscamos algo que está más allá del mundo de nuestra conciencia habitual, de nuestros pensamientos y de nuestras emociones habituales.

Pensamos en la verdad en la realidad, como si fuera un punto fijo en alguna parte y nos tocará encontrar la manera de acercársele.

Pero la verdad, la realidad, no es fija.

Es viviente.

No puede ser medida por nada que conozcamos.

Sólo se puede acceder a ella a través de un pensamiento enteramente libre; libre de todo, de toda expectativa, de todo miedo, un pensamiento sin movimiento, completamente silencioso; un pensamiento que sólo se reconoce a sí mismo.

Y un pensamiento que sólo se reconoce a sí mismo vive en el momento presente.

En ese momento no tiene nada que perder, nada que esperar. Es!

Es «la conciencia de ser», no de ser asi o de la otra manera; solamente de ser.

Allí, uno descubre la fuente del pensar.

Uno ve que la división entre el observador y lo observado está en el origen del pensar.

El observador se basa en la memoria, en lo que sabe, lo que conoce de la experiencia pasada.

Desde allí, mira, piensa y actúa.

Sin embargo, la separación entre el observador y lo observado consolida el ego y no alcanza a tocar la realidad.

Cuando el observador es el observado —el que piensa es la experiencia— ya no hay pensamiento, hay paz.

Hay un estado de tranquilidad en el cual una impresión puede ser recibida como nueva, como en el caso de un niño pequeño.

Los ojos reciben claramente la imagen de afuera, pero no hay proceso mental.

Para experimentar ese estado donde estoy enteramente, sin observador, tengo que pasar por el otro estado y darme cuenta de que no es suficiente.

Mientras tenga un pensamiento que sigue lo que hago, lo que experimento y que percibe de una manera u otra, estoy quedándome en el ámbito de mi conciencia limitada, y estoy bajo la influencia de mi yo ordinario.

Lo que es importante es ver en mí esa división entre lo que mira y lo que es visto, ver el pensamiento que crea esa división y, al verlo, liberarme de la autoridad del pensamiento.

Entro en otra realidad.

¿Quién soy yo?

La pregunta se me escapa porque estoy dividido.

Está delante de mí pero fuera de mí.

Mientras ella esté separada y yo no esté completamente unido con ella, permanecerá más allá de mi comprensión.

Y veo la imposibilidad de comprender, una imposibilidad que me hace sufrir.

Cuando ese sufrimiento es real, no hay más separación y el pensamiento cae.

No hay sino el silencio.

El momento de presencia, en el instante mismo, es corto.

Apenas he entrado en mí mismo, cuando ya no hay división entre lo que mira y lo que es visto; la impresión me hace pensar y pensando me separo de nuevo.

Ya no vivo en el presente.

Si lo veo, la fuerza de esa impresión de estar perdido me hace recordarme de mí mismo.

Ese movimiento de regreso y de salida es un movimiento normal que necesito aceptar.

El sentimiento de vivir, de existir, depende de él.

Mis pensamientos nunca se interrumpen.

Un pensamiento pasó, otro está allí, otro sigue.

Estoy apegado a todos ellos.

Pero si por un instante se hace un espacio en el pensamiento, no hay ya nada a que apegarse.

Soy Libre.

En ese silencio la mente puede ser consciente de cada movimiento del pensamiento.

Esa percepción no es una reacción, y la energía que libera no es mecánica, no es producida por el pensamiento.

Es la energía que los buscadores espirituales han tratado de encontrar a lo largo de los siglos.

jeanne de salzmann



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