MÁS ALLÁ DE NUESTRA CONCIENCIA HABITUAL
Buscamos algo que está más allá del mundo de nuestra
conciencia habitual, de nuestros pensamientos y de nuestras
emociones habituales.
Pensamos en la verdad en la realidad, como si fuera un
punto fijo en alguna parte y nos tocará encontrar la manera de acercársele.
Pero la verdad, la realidad, no es fija.
Es viviente.
No puede ser medida por nada que conozcamos.
Sólo se puede acceder a ella a través de un pensamiento
enteramente libre; libre de todo, de toda expectativa, de todo miedo,
un pensamiento sin movimiento, completamente silencioso; un pensamiento que sólo se
reconoce a sí mismo.
Y un pensamiento que sólo se reconoce a sí mismo vive en el
momento presente.
En ese momento no tiene nada que perder, nada que
esperar. Es!
Es «la conciencia de ser», no de ser asi o de la otra
manera; solamente de ser.
Allí, uno descubre la fuente del pensar.
Uno ve que la división entre el observador y
lo observado está en el origen del pensar.
El observador se basa en la memoria, en lo que sabe, lo que
conoce de la experiencia pasada.
Desde allí, mira, piensa y actúa.
Sin embargo, la separación entre el observador y
lo observado consolida el ego y no alcanza a tocar la realidad.
Cuando el observador es el observado —el que piensa es la
experiencia— ya no hay pensamiento, hay paz.
Hay un estado de tranquilidad en el cual una impresión
puede ser recibida como nueva, como en el caso de un niño pequeño.
Los ojos reciben claramente la imagen de afuera, pero no hay
proceso mental.
Para experimentar ese estado donde estoy enteramente, sin
observador, tengo que pasar por el otro estado y darme cuenta de que no es suficiente.
Mientras tenga un pensamiento que sigue lo que hago, lo que
experimento y que percibe de una manera u otra, estoy quedándome en el
ámbito de mi conciencia limitada, y estoy bajo la influencia de mi
yo ordinario.
Lo que es importante es ver en mí esa división entre
lo que mira y lo que es visto, ver el pensamiento que crea esa
división y, al verlo, liberarme de la autoridad del pensamiento.
Entro en otra realidad.
¿Quién soy yo?
La pregunta se me escapa porque estoy dividido.
Está delante de mí pero fuera de mí.
Mientras ella esté separada y yo no esté
completamente unido con ella, permanecerá más allá de mi comprensión.
Y veo la imposibilidad de comprender, una imposibilidad que me
hace sufrir.
Cuando ese sufrimiento es real, no hay más separación y
el pensamiento cae.
No hay sino el silencio.
El momento de presencia, en el instante mismo, es corto.
Apenas he entrado en mí mismo, cuando ya no hay división entre
lo que mira y lo que es visto; la impresión me hace pensar y pensando
me separo de nuevo.
Ya no vivo en el presente.
Si lo veo, la fuerza de esa impresión de estar
perdido me hace recordarme de mí mismo.
Ese movimiento de regreso y de salida es un movimiento normal que
necesito aceptar.
El sentimiento de vivir, de existir, depende de él.
Mis pensamientos nunca se interrumpen.
Un pensamiento pasó, otro está allí, otro sigue.
Estoy apegado a todos ellos.
Pero si por un instante se hace un
espacio en el pensamiento, no hay ya nada a que apegarse.
Soy Libre.
En ese silencio la mente puede ser consciente de cada
movimiento del pensamiento.
Esa percepción no es una reacción, y la energía que libera no es mecánica,
no es producida por el pensamiento.
Es la energía que los buscadores espirituales han tratado de
encontrar a lo largo de los siglos.
jeanne de salzmann
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