UN INSTRUMENTO DE CONTACTO
Quiero tener la experiencia del hecho de que existo; no
sólo como un cuerpo, un animal o una máquina, sino como un ser
humano.
Mis pensamientos y mis emociones están en el mismo nivel que
los de un animal.
Cuando mi atención se vuelve hacia mí mismo, descubro que
nunca
soy consciente, que nunca estoy despierto.
No sé que existo o cómo existo.
Simplemente lo olvido.
Toda mi vida pasa sin que yo tenga la
experiencia de lo que es más importante.
Cuando trato de volver mi atención hacia mí mismo, veo
que es difícil y de hecho casi nunca lo hago.
Mi atención siempre va hacia algo que no es yo, que no es lo que soy.
Entonces el primer paso es pensar «existo»,
pensar en el hecho de existir.
Si ese pensamiento no viene, no me acordaré nunca de mi
existencia.
Pero el pensamiento sólo no es suficiente, no es una
experiencia.
Sólo mi pensamiento está presente.
Para recordar que existo, debo también quererlo.
Pero no quiero nada, no me interesa.
Si realmente lo veo, hay un impacto.
Empiezo a comprender que mi sentimiento no me obedece y
que no tengo ningún poder sobre él.
Ni siquiera me doy cuenta de que considero mí existencia
como un hecho cumplido.
No sé lo que quiere decir existir como un ser humano.
No me doy cuenta de que existo y por consiguiente no
sabré nunca por qué, por qué razón, y nunca sobre cómo existo.
Debo tener esa experiencia, debo saberlo; mi existencia
debe ser consciente; de otra manera, no tiene ningún sentido.
¿Qué quiere decir saber?,
¿tener una experiencia?
Debo ver que mí pensamiento no es suficiente, que nunca tendrá la
experiencia de algo pensándolo.
Debo aportar más de mí mismo a mí Presencia, pero ¿cómo?
Necesito ver que lo que falta es una conexión con mi
cuerpo.
Sin esa conexión estoy atrapado en pensamientos o emociones
cambiantes que abren paso a la fantasía.
Y mi cuerpo, o es mi amo, un tirano que demanda
satisfacción para sus apetitos, o es mí enemigo, obligado a pagar por todos
mis pensamientos y mis emociones.
Y sin embargo mi cuerpo podría ser el mejor soporte
para tener la experiencia de mi existencia.
Está en el nivel de la tierra y toma su fuerza de ella.
La acción de nuestra vida está en ese nivel, en esa esfera,
no allá arriba, en el aire.
Debo sentir mi cuerpo en la tierra, en el piso.
Lo hago a través de la sensación: sintiendo su peso, su masa y, más
importante aún, sintiendo que hay dentro de él una fuerza, una
energía.
A través de la sensación, necesito sentir una conexión con mi
cuerpo tan profunda que se transforma en una comunión.
Más adelante veremos que hay sensaciones y sensaciones.
Pero por el momento, necesito reconocer que la sensación es un
instrumento de conocimiento, un instrumento de contacto conmigo mismo.
Si quiero saber que existo, debo sentir la fuerza y la
energía en mí a través de ese contacto.
Por ejemplo, si quiero conocer la calidad de mi pensamiento,
debo entrar en contacto con ella a través de una cierta sensación.
Y es igual con la energía del cuerpo y la energía del sentimiento.
Necesito tener una sensación, no solamente de la carne,
de las tensiones, sino una sensación interior de la energía, una sensación de
que mi cuerpo está vivo.
Tener una sensación voluntaria es muy dificil.
Nada en la vida nos da una sensación interior salvo,
excepcionalmente, el impacto proveniente, por ejemplo, de un peligro o
de una gran pena.
No tengo una sensación a menos que algo me fuerce
a ello.
Si no hay dolor, me olvido de que tengo un estómago.
Pero para conocer el estado de las energías en mí,
necesito tener una sensación que sea voluntaria.
Un hombre consciente tendría una sensación permanente de sí
mismo y siempre sabría cómo está interiormente.
Así que nuestra primera meta es desarrollar una sensación
interior.
jeanne de salzmann
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