UN ECO DE MÍ
Un esfuerzo justo para estar presente pide una fuerza que
sea consciente de la dirección que quiere tomar y que tenga la voluntad de actuar.
La atención que viene de todos los centros debe estar
allí en una proporción justa y quedarse comprometida en tanto que
Presencia consciente.
Pero esa atención está constantemente amenazada por lo que la atrae
hacia el exterior.
Debemos tomar conciencia de esa atracción.
Está el deseo de moverse, de crear, de actuar.
También está el deseo de ser movido, de ser atraído,
de obedecer.
Esas dos fuerzas están allí constantemente en nosotros.
Su confrontación voluntaria, en un punto
determinado, puede producir una concentración de energía que tiene su
propia vida independiente.
Es en la fricción entre esas dos fuerzas que
se desarrolla la calidad que las reúne.
Detrás de todas las vicisitudes, detrás de todas mis
preocupaciones, mis penas o alegrías, hay algo más grande que puedo
sentir, algo que me da un sentido.
Siento que existo en relación con esa grandeza.
Ella está fuera de mí, pero también está dentro de mí.
Y es en mí que la conozco; esa vida, esa vibración tan fina,
cuya grandeza siento porque siento su pureza.
Experimento un eco de ella, un sentimiento de mí, en el contacto de mi
pensamiento y de mi sensación.
Esa relación me revela que soy un todo y que podré existir
como un todo.
Ese eco es lo que hoy puedo conocer de otra naturaleza en
mí.
Viene de otro mundo, a través de mis centros superiores.
Experimento ese eco bajo la forma de una vibración
fina con la cual busco armonizarme con todas las partes de mí
mismo.
Eso pide a mi atención una calidad que le permita colocarse y mantenerse
allí para sostener su contacto.
Necesito una energía de una clase muy especial, una
energía de una actividad intensa que se mantenga viviente frente al pensamiento y la
emoción.
Esa energía no se deja abatir ni se deja influenciar por
nada.
Mi deseo de estar presente a mí mismo contiene esa actividad.
Mis pensamientos y mis emociones son animados por una
energía diferente.
Para comprender su naturaleza, necesito verlos y
conocerlos como hechos.
Provienen de otra fuente, de una influencia de inercia que me retiene
en su tempo.
Debo colocarme bajo una influencia más activa si quiero
liberarme de esto.
Es decir, que debo encontrar en mí una energía de
atención suficientemente grande, suficientemente sensible, para
mantener bajo su mirada esos movimientos de inercia.
No hay que perderlos de vista.
Debo vivir con ellos porque están allí y son una
atracción constante.
Si no los veo como son, les doy otro valor, tengo
confianza en ellos y me entrego a ellos.
Entonces, no solamente los privo de todo sentido,
sino que me privo a mí mismo de todo sentido.
Por tanto, para conocerme debo aceptar entrar en el campo
de la búsqueda.
Sólo trabajando para estar presente se desarrollará mi
atención.
Cuando ella es de mejor calidad, lucho por no dejar que
se debilite, trato de que no sea tomada.
Trato, pero no puedo; entonces lo intento de nuevo.
Empiezo a comprender lo que esto me exige, aun cuando no lo pueda
hacer.
En esa lucha, donde regreso y en seguida me vuelvo a ir hacia la
manifestación, veo que cuando mi atención está completamente tomada,
no queda nada para mí.
Pero si no se va demasiado lejos, la puedo
volver a llamar, como un imán.
En ese movimiento de mi atención, aprendo algo de su
naturaleza.
Entonces debo ir hacia la manifestación y me perderé siempre
si mi atención no va al mismo tiempo hacia la vida y hacia el interior.
Pensamos que es una atención que se divide en
dos partes iguales.
Pero, de hecho, no son iguales, no son las
mismas.
Hay una gran diferencia que debo experimentar.
Si no puedo centrar mi esfuerzo de una cierta manera,
obligatoriamente me perderé.
Debo ver que no lo puedo hacer porque no tengo la calidad de
atención necesaria.
He ahí mi esfuerzo, lo que debo ejercitar.
Es lo único que cuenta.
jeanne de salzmann
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