LA CONSCIENCIA DEL SER INTERIOR
Existo y no conozco mi manera de existir.
Mi existencia misma es una pregunta.
Y, quiéralo o no, estoy obligado a responder.
Mi respuesta está en la manera en que existo en el momento
mismo y en la clase de acción en la que estoy ocupado.
En todos los grados de conciencia mi respuesta está
estrictamente condicionada por mi estado de ser.
El desafío siempre es nuevo.
La pregunta es nueva.
Es la respuesta la que es vieja, la que se separa de la pregunta,
del desafío.
Porque en la respuesta el yo ordinario entra en juego.
¿Qué quiere decir “recordarme de mí?
No es recordarme de la persona que
represento, ni recordarme de mi cuerpo, mi posicion, mis obligaciones.
Es tomar conciencia de mi ser interior.
Quiero estar entero, unido, uno, lo que soy esencialmente.
Cuando experimento esto, es como si el movimiento en el que
iba cambiara.
En todas partes de mi mismo, libremente y sin que haga
nada para ello, se hace un movimiento hacia cierta Presencia.
Para que ese movimiento siga su curso, necesito
obedecerlo y estar completamente armonizado con el.
Su fuerza depende enteramente de la tranquilidad de
todos mis centros y de la libertad de mi atención.
Necesito un equilibrio y sentir que esa Presencia se
forma en mí.
Al buscar, comienzo a ver que necesito estar en contacto
con todos mis centros a la vez.
A veces en una parte, a veces en otra, el flujo de energía es
demasiado fuerte o demasiado débil.
Si estoy demasiado en mi cabeza, el movimiento no se
hace; si estoy demasiado en mis emociones o demasiado en mi cuerpo, lo mismo.
Hace falta que haya por todas partes una intensidad
correspondiente.
Lo que es importante es una atención consciente, de una
clase que no conozco.
Esto sólo lo puedo sentir en una tranquilidad cada vez mayor.
La Presencia que está aquí actúa sobre mí, se hace
cargo de mí.
Pero hace falta que yo lo quiera.
Es la presencia del «Yo» permanente.
Aprendo a purificar mi poder de visión, no aparto lo que
es indeseable, no le doy la espalda a lo que me disgusta para apegarme a lo que me agrada.
Aprendo a ver todo sin rechazar los detalles.
Aprendo a ver claro.
Veo que todo tiene la misma importancia; acepto que el
fracaso es “saludable” para mí.
Recomienzo miles de veces.
Todo depende de esa visión.
No trato ni de encontrar ni de hacer algo, pero siento el
peso de la imaginación que tengo de mí mismo, de esa imagen que me
siento obligado a mantener todo el tiempo y esa violenta batalla
para preservar su continuidad.
Y, detrás, siento el vacío; no se quién soy.
Pero no puedo conocer ese vacío porque el sitio
esta ocupado.
Cuando veo esto, el deseo de conocer se levanta en mí: no de conocer algo específico, sino de conocer lo que
está ahí, lo que soy en ese instante.
El sitio está tornado.
Lo siento en las tensiones, en las ideas que atraviesan
mi mente sin cesar, en las oleadas de emociones que responden a esas
ideas.
No busco resistir, ni alejarme, ni distraerme.
Estoy con, es una parte de mi.
La acepto.
Y, viviéndolo, lo veo como es, como si viera más lejos, a
través, volviéndome cada vez más libre.
Veo mi falta de atención.
Me doy cuenta de que mí ser depende de ese poder
de visión y de que soy libre, libre de no tomar una parte por el todo, de
no estar aislado en una parte.
Necesito desarrollar una atención pura, suficientemente
intensa para no ser desviada por una reacción subjetiva.
Regreso incansablemente a la raíz de mi percepción.
En ese movimiento, mi atención se purifica y, poco a poco, se
eliminan los elementos extraños a la percepción directa.
Sólo permanece la impresión de la realidad.
Ya que el pasaje de la percepción a la acción se hace más
lento, una verdadera búsqueda es posible entonces.
Las cosas se ven de una manera fresca y cada vez como si fuese la
primera; asi siempre parece que revelan algo esencial.
Una atención pura permite una percepción directa, el registro
puro del objeto en mí.
Y esa es la clase de percepción que necesito para saber
quien soy.
jeanne de salzmann
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