LA ACTITUD QUE TOMAMOS,
NUESTRA POSICIÓN INTERIOR
La actitud que tomamos, nuestra posición interior y
exterior, es nuestra meta y a la vez nuestro camino.
En cualquier momento, tengo posturas particulares,
posturas que no puedo evitar.
Las del cuerpo son siempre las mismas y provocan las posturas
correspondientes en la mente y en el sentimiento.
Estoy encerrado en mi mundo subjetivo, prisionero de las
posturas habituales.
Pero no lo veo; ni siquiera estoy consciente de las
partes que estan tensas o relajadas.
El cuerpo tiene un repertorio de actitudes que me aprisionan.
Debo encontrar una posición, interior y exteriormente,
que me libere de mis actitudes, me saque de mi sueño y permita la apertura a otra
dimensión.
En el trabajo sentado o «en calma», la posición del
cuerpo es muy importante.
Debe ser precisa para permitir que se instale un campo de energía.
Al mismo tiempo, debo sentir una holgura, un bienestar, una especie de
estabilidad que permita a la mente entrar en un estado de
disponibilidad total, vaciarse de una manera natural, dejar caer la agitación de los
pensamientos.
En una postura justa; mis centros se reencuentran y
pueden relacionarse.
Eso pide una estrecha y continua cooperación entre
mi pensamiento, mi sentimiento y mi cuerpo.
Una vez que se separan, la postura no se mantiene.
Buscamos la estabilidad.
Lo que siempre es esencial es la postura de la columna
vertebral, que debe ser vertical, libre y recta a la vez.
Cuando no está recta, no puede haber una relación justa
entre la sensación y el pensamiento, entre el pensamiento y el
sentimiento.
Cada parte queda aislada, sin una conexión real con las
otras partes.
Pero si la columna vertebral está recta, sentimos que la
energía contenida en el cuerpo tiene una acción sobre el cuerpo para que su
densidad cambie.
Ya no hay una forma y una Presencia, hay una sola y misma
cosa.
Mi postura será más estable si me siento en el piso,
sobre un cojín, para que las rodillas no esten más altas que las caderas.
Un pie se pone, si es posible, sobre el muslo o la pantorrilla de
la otra pierna.
Cruzar las piernas así contiene el impulso activo y
permite obtener el mayor grado de calma.
Las manos reposan sobre el regazo, la mano dominante
sosteniendo a la otra, con las palmas vueltas hacia arriba y los dos pulgares
apoyados uno sobre el otro.
Uno se mantiene derecho, orejas y hombros en línea
recta.
Los ojos estan ligeramente abiertos o
pueden estar cerrados.
Si no me puedo sentar en el piso, puedo utilizar
un banquito o una silla, siempre y cuando me mantenga derecho, con las rodillas
más bajas que las caderas.
Mantener la columna vertebral siempre derecha
libera presiones, de manera que encima de la cintura el cuerpo no tenga peso.
Sentado, busco encontrar el lugar exacto sobre el cual se
apoya mi columna vertebral, que no hale mi cuerpo ni hacia delante
ni hacia atrás.
Si mi columna vertebral está vertical, como un eje, eso
mantiene mi cabeza también en una posición recta.
Un soltar ocurre por si solo.
Las tensiones caen y siento un movimiento de energía
hacia la base de mi cuerpo, al mismo tiempo que un movimiento hacia arriba.
La necesidad de ser riguroso en mi postura proviene
exclusivamente de la necesidad imperiosa de no impedir en ningún punto que
la unidad de la vida se haga en mí.
Una relación entre todos mis centros permite una apertura a
los centros superiores.
Tomar esa posición justa no es fácil y no se
consigue de una vez por todas.
Ella me pide una inteligencia siempre presente.
Sin una atención voluntaria, mi columna vertebral no
mantendrá su posición, se doblará y todo el sentido de esa postura
frente a la vida se desviará, se perderá.
Necesito ver que, una vez terminado el momento del
esfuerzo, la postura puede ser inmediatamente nefasta para la
conciencia.
Y este momento no dura más que un relámpago.
jeanne de salzmann
No hay comentarios:
Publicar un comentario