EL DESPERTAR DE UNA NUEVA FUERZA
Queremos tomar conciencia del estado y del movimiento de
la energía en nosotros mismos.
Esto sólo se puede hacer en el instante mismo.
Necesito estar activo interiormente.
Me ejercito, trato de despertarme, de estar presente.
Pero toda actividad que aún no domino provoca
tensiones.
Lo deseo pero no soy capaz de realizarla.
Me tenso y así pongo obstáculos todo el tiempo.
Hasta que me haya convencido totalmente de mi
manera falsa de concebir el esfuerzo: el movimiento hacia... algo.
Entonces siento un alivio, una liberación, que es la
señal evidente de mi propia Presencia.
Ese movimiento de observación no es fácil de comprender.
Usualmente quiero ver, quiero conocer un objeto.
Estoy separado de él.
Trato de conocerlo a través de mis diferentes funciones.
Me veo utilizar ya una función, ya otra.
Tengo conciencia de sus esfuerzos separados, de su
agitación.
Y veo que esos esfuerzos son infructuosos.
Busco conocerme con una energía pasiva, una calidad de
atención que no es más activa que lo observado, que no tiene el poder suficiente para
conocer.
Busco conocer un centro con otro centro, ambos de la misma
calidad, lo que por fuerza trae un conflicto.
Entonces, no puedo observar.
No veo nada.
Tengo la impresión de dispersión y de desorden.
Pero, entonces, ¿de dónde viene el conocimiento?
¿Cómo puedo verme? No lo se.
Y como no sé, me inmovilizo.
Hay un movimiento de disponibilidad, el despertar de
una nueva fuerza en mí.
Una fuerza que sólo despierta cuando veo que
todos los demás impulsos son inútiles no
me ponen en relación con el hecho real.
Quiero tomar conciencia de la realidad de la vida.
Hay algo misterioso en mí que nada es capaz de
asir, algo que ningún pensamiento o emoción me puede ayudar a conocer.
Eso aparece más frecuentemente cuando no estoy atrapado en la
red de mis pensamientos o de mis emociones.
Es por lo desconocido, por lo inaprensible que conozco.
Para tener la tranquilidad completa en la que seré libre
para conocer, debo abandonar al mismo tiempo la pretensión de
poder y mi creencia en un saber.
Debo verme tomado por esa creencia, tomado por lo que mi
pensamiento o mi emoción me dicen.
Necesito verme siempre engañado hasta que sienta la
inutilidad de todo eso, hasta que me sienta pobre.
Entonces aparece una calma y tal vez aprendo algo diferente.
En todo caso, es como una puerta que se abre.
Todo lo que puedo hacer es dejarla abierta.
Lo que seguirá no lo puedo prever.
La calidad de la influencia que me alcanza depende de la
calidad de mi Presencia.
Y la calidad de mi Presencia depende de la relación de mi pensamiento,
de mi sentimiento y de mi sensación.
Para armonizarse con una fuerza más sutil, la atención de cada
parte necesita recogerse sobre ella misma, cargarse de un sentido nuevo, antes
de poderse relacionar voluntariamente.
Así, el pensamiento se purifica y también se
purifican el sentimiento y la sensación.
Cada una de las partes tiene su propio papel y lo
conserva mientras funcione en concordancia con las otras: para la misma meta de
armonizarse con una Presencia más sutil.
Un «yo» más fino necesita traspasar mi cuerpo, mi
carne: una Presencia hecha de otra sustancia.
Esa Presencia necesita irradiar, animar mi cuerpo.
Tiene una inteligencia, una visión, como una luz que aparece
en lo oscuro y espeso de mi sueño.
Lo que soy en ese momento, dirigido por mi ego, no me
permite conocer la esencia misma de mi Ser.
No estoy preparado para ello.
Un mayor abandono, una mayor imantación hacia mi yo real,
hacia mi naturaleza «divina», deben tener lugar.
Siento esa necesidad y me despierto a ese deseo, a esa vida.
Siento que se despierta esa inteligencia.
jeanne de salzmann
No hay comentarios:
Publicar un comentario