LA FUERZA DE LA VIDA
Uno quiere vivir, estar en la vida.
Desde mi nacimiento, algo en mí busca
afirmarse en el mundo exterior.
Quiero devorar el mundo.
No quiero ser devorado.
Quiero ser siempre el primero, y muy pronto encuentro la
resistencia del mundo.
A partir de allí, ese impulso fundamental de autoafirmación
asume formas muy curiosas; por ejemplo, la autocompasión o la negación a
manifestarse.
Quiero vivir; estoy de acuerdo con la vida.
Hago esfuerzos para vivir y esa misma fuerza mantiene la
vida de mi cuerpo.
Quiero algo y cuando ese deseo aparece, esa fuerza
está aquí.
Me empuja hacia la manifestación.
A lo largo de mi vida, en todo lo que hago, busco afirmar esa fuerza.
Todos los actos, por pequeños que sean, son una afirmación.
Si escribo una carta o le hablo a alguien, afirmo esa
fuerza, mi inteligencia.
Incluso si sólo miro a alguien, se trata de esa fuerza.
Si cuelgo mi sombrero, es esa fuerza.
Detrás de esa monstruosa afirmación sin duda
hay algo verdadero.
Esa fuerza en mí es irreprimible.
Sin embargo, no sé sobre qué se apoya la afirmación.
Creo que me estoy afirmando a mí mismo y estoy
identificado con esa fuerza.
Pero ella no es mía, aunque esté en mí.
Al afirmarla como mía, no veo que me separo de ella y
que, al querer atribuirme su poder, interrumpo su acción.
De esa manera, creo hechos que me retienen en un mundo
privado de la acción de esa fuerza.
Y mi yo se hace pesado e inerte.
Necesitamos ver el infantilismo en nosotros mismos
respecto de la fuerza de vida.
Siempre queremos poseer.
El niño quiere tener.
El adulto quiere ser.
Ese deseo constante de tener crea el miedo y la necesidad de ser reconfortado.
Algo necesita crecer y ser, algo que relaciona el todo
con una fuerza superior.
Solo hay una fuente de energía.
Desde que mi energía es llamada hacia una dirección
u otra, aparece una fuerza.
La fuerza es una energía en movimiento.
Toma direcciones diferentes, pero la fuente es la misma.
La fuerza de vida, la fuerza de la manifestación siempre
está en movimiento.
Debe fluir.
Estoy completamente tomado y soy arrastrado por ella.
Comienzo a sospechar que siempre lo estaré si no me
vuelvo hacia otra parte de mí.
jeanne de salzmann
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