LA PRIMERA INICIACIÓN
Detrás de todas mis manifestaciones existe el deseo de
conocerme, de darme cuenta de que existo y cómo existo.
Pero, cuando se producen mis contactos con el mundo
simultáneamente se forma una imagen de mí.
Estoy apegado a esa imagen, porque la confundo conmigo y busco
afirmarla y protegerla.
Soy esclavo de esa imagen.
Y como estoy tan apegado a ella y tomado por sus
reacciones, no tengo ya atención disponible para saber que soy algo diferente.
Tal como soy, no reconozco nada más allá de mí, ni afuera
ni en mí mismo...
En teoría tal vez, pero no en la realidad.
De manera que no tengo una referencia con la cual
medirme y vivo únicamente de acuerdo con «me gusta» o «no me gusta».
Sólo me aprecio a mí y vivo pasivamente según lo que me
agrada.
Esa apreciación de mi yo, me ciega.
Es el mayor obstáculo para una vida nueva.
La primera exigencia para un trabajo en dirección a
la conciencia de sí es cambiar esa apreciación, lo cual sólo puede suceder si veo en mí
mismo algo que antes no había visto.
Y para ver tengo que aprender
a ver.
Esa es la primera iniciación al conocimiento de sí.
Trato de verme tal como soy en el estado de identificación;
trato de experimentarme cómo soy cuando estoy identificado.
Necesito conocer la enorme dimensión de la
fuerza que está detrás de la identificación y de su movimiento
irresistible.
Esa fuerza que nos sostiene en la vida no
quiere el recuerdo de si.
Ella nos arrastra hacia la manifestación y
rechaza el movimiento hacia el interior.
Verme en la identificación es ver que estoy en la vida.
Pero cada vez que recuerdo mis posibilidades más altas, me pierdo y
rechazo lo que soy en la vida.
Ese rechazo me impide conocerla.
Tengo que ser astuto para ATRAPARME SIN CAMBIAR NADA, sin cambiar
mi deseo de manifestarme.
Necesito verme como una máquina arrastrada por todos los
procesos que aparecen: los pensamientos, los deseos, los movimientos.
Necesito conocerme como máquina, estar presente cuando
funciono como máquina. ¿Quién soy yo en la vida?
Tengo que experimentarlo y tener una impresión de ello más
consciente.
Para hacer frente a la fuerza de la identificación, tiene
que haber algo presente, algo que presencie, tiene que haber una
atencion estable, libre, que aspire a otro nivel.
Quiero estar presente a lo que pasa, permanecer consciente de mí y
no perderme.
Mi esfuerzo proviene de algo que no forma parte de mis
medios ordinarios.
Necesito de cierta voluntad y de un deseo que mi
persona ordinaria no conoce.
Mi yo ordinario debe ceder su puesto.
A fuerza de mantener mi atención y no olvidarme de mirar, tal vez
un día podre ver.
Si veo una vez, podré ver una segunda vez, y si esto se
repite, ya no seré capaz de no ver.
Para observar, tengo que luchar.
Mi naturaleza ordinaria rechaza la observación de
mí mismo.
Necesito preparar, organizar mi lucha contra el obstáculo,
retirarme un poco de mi identificación (hablar, imaginar, expresar
emociones negativas), para poder observar.
Una lucha consciente exige una elección y una
aceptación.
No es mi estado el que debe dictar esa elección.
Debo escoger la lucha por estar presente y aceptar que el
sufrimiento aparecerá.
No hay lucha sin sufrimiento.
La lucha es inaceptable para mi naturaleza inferior.
Eso la perturba.
Por eso es tan importante recordar lo que uno quiere: el
sentido de nuestro trabajo y de nuestra Presencia.
Si me niego a satisfacer un hábito, por ejemplo de comer
o de sentarme de una cierta manera, no estoy luchando para cambiar ese hábito, y
cuando me niego a tratar de no expresar las emociones negativas, no estoy
luchando en contra de las emociones mismas, o para destruir su expresión.
Es una lucha contra nuestra identificación, de
forma que la energía, que de otra manera se desperdiciaría, sirva al
trabajo.
No luchamos contra algo,
luchamos por algo.
jeanne de salzmann
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